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“Aquel ramo del lago de Como que se extiende hacia el mediodía” es una de las frases más famosas de la literatura italiana. Habla de amores prohibidos y de uno de los lugares más célebres al norte de Milán. Hoy en día, el Lago de Como es uno de los destinos más turísticos del mundo, una Ibiza del norte de Italia, meta de turismo masivo, pero también altamente exclusivo, particularmente lujoso y, al mismo tiempo, sobre todo extranjero.
En este contexto, sin embargo, existe un Lago de Como distinto del que se cuenta. Es esa realidad de pueblos locales, tan cercanos a Milán y sin embargo tan lejanos de su ritmo, donde las familias milanesas encontraban refugio durante los cálidos meses de verano. Buscaban la frescura del lago y la posibilidad de estar en la naturaleza, en lugar de entre edificios, carreteras y coches llenos de smog. No se trataba exactamente de turismo italiano, aunque lo era, pero sí, en ese momento éramos nosotros, los milaneses, los extranjeros.
Y aun así, incluso así, Villa Gioi nació como una casa familiar, crecida con el tiempo junto a nuestra historia. Pasó de los abuelos a mis padres donde mi padre tuvo que hacer una primera gran reforma de ventanas, calefacción, sistema electrico y mucho más solo para que se pudiera vivir ahí hace más de 30 años y luego se convirtió en un punto de encuentro para todos nuestros grupos de amigos: en la secundaria, en el bachillerato e incluso en la universidad. Nuestra familia siempre ha sido acogedora con las personas cercanas a nosotros y ha representado a menudo un punto de apoyo para hermosos recuerdos de amistad y fraternidad. Acogida y apertura aprendidas en la familia: eso está en la base del gran éxito de Casa Villa El Paraíso en España, pero sobre todo caracteriza la filosofía de la marca “El Paraíso”, esa inspiración súper-viviente que nos une a Peter y a mí en una disponibilidad y una hospitalidad que nace del corazón.
Después de tantos años de vida veraniega en Pognana Lario, sin embargo, como suele ocurrir en las familias con una gran apertura mental hacia el mundo, educadas para no dejar los talentos escondidos bajo tierra, sino para invertirlos y darles uso, nosotros, los hermanos, buscamos trabajo en el extranjero.
La casa permaneció cerrada durante varios años, en lo que se revelaría como el primero de los dos grandes abandonos que estaba destinada a sufrir.
Esto, sin embargo, no fue el resultado de una decisión activa, sino la consecuencia natural de una vida internacional, donde, al llegar a la edad adulta, se decide tomar un camino, agradecidos por la trayectoria que nos había traído hasta ese punto y curiosos por ver adónde nos llevaría. Cada uno de nosotros encontró un lugar distinto en Europa donde vivir, trabajar y crecer profesionalmente, convirtiéndose poco a poco en las personas que somos hoy, cada uno en su propio recorrido, llevando consigo un pedazo de aquella casa y de lo que nos había enseñado.
El primer regreso a Italia, en mi historia personal, ocurrió hace diez años, en 2014, después de haberme mudado por primera vez a Madrid y haber trabajado en Ibiza durante dos años. Volví con Peter, que se convertiría en mi marido (y, por cierto, nos casaríamos precisamente allí, en el tramo del lago de Como que se orienta hacia el mediodía). Sin embargo, la decisión de volver a Italia (para él sería la primera vez como no-turista) no había sido sencilla.
La última temporada en Ibiza la habíamos vivido juntos, pero después de trabajar entre famosos y poderosos, entre playas místicas y eventos exclusivos, entre la luz de la espiritualidad trascendental y la oscuridad del lujo multimillonario (que a veces intercambiaban sus papeles…), nos encontramos al final del verano en un bar con dos queridísimos amigos de Madrid que estaban de visita. Era normal para nuestra forma de ser acogedora: en 6 meses incluso en Ibiza nuestra habitación de invitados estuvo vacía menos de un par de semanas… Para nosotros, hospedar y compartir es vivir.
Estábamos hablando con ellos de unas próximas vacaciones juntos y hacía ya un tiempo que estábamos decidiendo si regresaríamos a Madrid con un buen trabajo y los amigos de siempre, o si intentaríamos, románticamente, Milán, empezando desde cero (aunque no en lo referente a los amigos, ya que los míos seguían allí). Recuerdo que, prácticos y racionales como somos, siempre habíamos apuntado hacia Madrid, pero algo en aquella conversación con los amigos, aquella felicidad que habían sentido durante las vacaciones juntos, nos hizo decidir justo al atardecer.
No sabría decir si fue el sol hundiéndose en el mar o la playa semidesierta de un rincón desconocido para los turistas, uno de esos lugares benditos a los que solo tienen acceso quienes viven la verdadera vida de la isla, junto a sus habitantes. Peter, en su ámbito periodístico y publicitario, y yo, como una especie de “neo-gurú-no-gurú” de la Ibiza holística (pero racional), habíamos sido acogidos en espacios celosamente guardados —y con razón— por los locales, refugios valiosos de privacidad sustraídos al turismo de masas, donde la exclusividad no era un hashtag, sino esencia real.
Fuera cual fuera la razón, después de días de conversaciones sobre el tema, finalmente nos quedó claro, como una revelación. Nos pasa de vez en cuando: nos miramos a los ojos con una sonrisa y ya sabemos lo que está pensando el otro porque ya estamos de acuerdo antes de decirlo. Después de tanto trabajo y actividad mental, era momento de dejar trabajar un poco al corazón; era momento de ir a Italia.
Así que tomamos el avión sin saber qué encontraríamos, pero con la certeza de que sería hermoso. Como Aventureros de la Vida, sabemos que el esfuerzo, la fatiga y el “apretar los dientes” forman parte del camino de manera completamente natural. Y aun así, siempre elegimos dirigir la atención hacia la Belleza Vital que emerge cuando se vive con una inspiración súper-viviente, por encima de la vida. En aquel momento este término aún no existía, pero creo que describe bien nuestra forma de pensar y, sobre todo, su valor intrínseco para quien se inspira en ella en la prueba concreta de los resultados de nuestros proyectos.
El regreso a Milán en otoño de 2014 fue lo que le ocurre a todo el mundo: la mudanza, la búsqueda de trabajo y el reencuentro con los viejos (y nuevos) amigos. Sin embargo, a la primera ocasión para respirar un poco, cogimos el coche y fuimos “al lago”. Quería enseñarle a Peter nuestra casa, con todos esos hermosos recuerdos guardados en ella.
El viaje en coche no fue largo, estaba a solo una hora de Milán, y mientras la radio tarareaba alguna canción moderna, me encontré contándole los últimos años de universidad antes de España, justo antes de mudarme a Madrid. Otra pieza de mi historia que aún no conocía.
Antes de España hubo un momento en el que me quedé solo en Milán: mi hermana había sido la primera en irse a España (ella, la “culpable” de haberme hecho enamorar de la maravillosa Madrid), seguida unos años después por mi hermano a Londres. Durante la universidad y los primeros años de trabajo yo era el único que aún podía disfrutar de Pognana con los amigos del instituto y luego de la universidad, entre grandes torneos de D&D (un grupo precioso de amigos significativos), noches de binge watching de Scrubs (y otras series míticas), además de grandes comidas de calidad comasca.
Pognana para mí era el lugar de grandes conversaciones filosóficas bajo las estrellas con un querido amigo luego perdido en el camino, así como de despertares nocturnos con cielos iluminados por las largas y fascinantes tormentas eléctricas de verano que pocos conocen: horas enteras de relámpagos entre nubes que murmuran, blanqueando casi como de día todo el lago, como la apertura de un portal entre cielo y tierra, un espectáculo que, unido al temor comprensible, pero (in)justificado, es único en el mundo.
Con esa imagen tejida en nuestra mente por la narración, llegamos a Pognana, el pueblo que alberga la casa. El relato se interrumpió y, una vez encontrado aparcamiento bajo un sol primaveral, empezamos a bajar las escaleras cargados de expectativas.
Tenía el corazón lleno de alegría y expectación: quería enseñarle uno de los lugares más bellos del mundo, incluso después de haber trabajado en lo más alto de lo alto en una Ibiza que, como todos sabemos, brilla entre las estrellas terrestres más luminosas de nuestra geografía.
Pero cuando abrimos la puerta, el corazón se saltó más de un latido. La casa de mi infancia, luego adolescencia y juventud (post)universitaria, ya no era la misma: era oscura, era triste.
Tras el primer gran abandono aún no era una ruina, pero el sufrimiento se filtraba por cada rincón y objeto intacto o parcialmente consumido por el tiempo.
El olor a humedad y el característico aroma de nuestros queridos perros, que movían la cola bajo las mesas esperando el pan con aceite del desayuno o que dormían con nosotros en los sofás que mamá y papá habían buscado durante años tras casarse, había adquirido un carácter obstinado y rabioso a causa de la humedad acumulada del lago. No le había gustado la soledad.
Abrimos con diligencia las ventanas, quedando envueltos en cientos de telarañas que parecían haber colonizado cada rincón de la casa. La experiencia de los insectos en una casa de campo junto al lago es variada, pero no es tan terrible en un regreso normal. Sin embargo, si una casa se abandona, y lo descubrimos ampliamente en aquellas horas, se convierte en una auténtica colonización. Al fin y al cabo, aquella casa se había convertido en su refugio y nosotros parecíamos gigantes enfurecidos enfrentándonos a una caótica y catastrófica destrucción de su oscura sociedad.
Peter es una persona sencilla, como yo. Vivimos la vida con serenidad, viendo belleza incluso donde pocos son capaces de sospechar que exista. Como yo, él también solo tenía ojos para la preciosa vista del lago y para los hermosos muebles de madera antigua que, aunque devorados por las termitas, aún estaban llenos de recuerdos compartidos con la familia.
Él, como yo, “siente” las cosas de manera distinta, incluso sin haberlas vivido. Sin embargo, en lo que a mí respecta, no era lo que esperaba encontrar, ni donde pensaba pasar el fin de semana, aunque el piso superior estaba en mejores condiciones (después del primer abandono al menos; después del segundo fue otra historia…).
Años de cierre habían transformado las dos cocinas en una bomba de moho e insectos. El frigorífico guardaba celosamente una carne picada fermentada desde hacía al menos un par de años, y solo abrirlo elevó en un par de puntos cualquier definición que pudiera tener del peor olor imaginable. Tardamos casi una semana en eliminar el olor de la cocina…
Cada cajón abierto o mirada hacia recipientes transparentes recordaba que la vida siempre encuentra un sustituto cuando se abandona un lugar. La naturaleza tiene un poder impresionante y, si no vives una casa, esta no muere como un ser vivo, pero como sistema es como si lo hiciera, y cuando vuelve a la vida, cuando lo hace sola, lo hace con alguien más dentro.
Sin embargo, en esta nefasta exploración de camas rotas y alfombras ennegrecidas, tanto Peter como yo sentíamos esa vibración aún presente que, años después, nos llevaría a dar una segunda oportunidad a lo que hoy es El Paraíso. Como super-vivientes la llamamos Belleza Vital, esa chispa autoevidente que se siente con el alma más que con los sentidos y que se manifiesta a la mente a través de fugaces llamados del instinto.
Animados por el sueño de una casa tan poética y aprovechando nuestra predisposición a los trabajos complejos, nos arremangamos con la bendición de mis padres tras dos años abriendo Airbnb en Milán, obteniendo nuevos amigos y resultados tanto laborales como de hospitalidad, pero sobre todo volviéndonos a reconocer como adultos dentro de la familia y en las nuevas familias en formación.
Peter entrando en la familia con el afecto de mis padres, las visitas a los hermanos y la integración con las parejas de cada uno (hemos tenido mucha suerte… o quizá teníamos una buena inspiración). Dos años de vida intensos, con altibajos, pero también con bajísimos, que merecen ser mencionados no por lástima o victimismo (serial), sino para recordar que el Proceso es lo importante, no el punto de llegada.
Peter tenía la capacidad adquirida en años de producciones publicitarias en medio mundo, y yo la naturaleza de Aventurero de la Vida (mi inspiración siempre ha sido el hombre renacentista), acostumbrado a la polivalencia necesaria para seleccionar alta dirección en multinacionales, enseñar en másteres internacionales o acompañar meditaciones guiadas en un Shamanic Sunset.
Enero-Junio 2016. El primer renacer. Fueron seis meses de duro trabajo, decisiones difíciles y días que no terminaban nunca, para ponerla de nuevo en pie. No era un proyecto de placer, sin embargo. Ya en aquel tiempo, tras los primeros buenos resultados con Airbnb, mis padres nos propusieron arreglar la casa.
Como sucedería con El Paraíso años después, el hecho de quedar hechizados por la magia de un lugar siempre es secundario frente a la practicidad del mantenimiento de la casa. El renacer estaba previsto como un proyecto familiar de autosostenibilidad que contemplaba alquilarla de forma profesional para cubrir los gastos. Y al mismo tiempo requería una mezcla de gran amor por la casa y respeto por su historia, compartida con toda la familia. No era una reforma, era una sanación. Sin embargo, al sexto mes, justo antes de abrirla en Airbnb, surgieron nuevas necesidades familiares que hicieron imposible terminarla.
Ciertas cosas en el momento pueden ser duras y difíciles de comprender, uno de esos “bajísimos” mencionados antes; pero en términos súper-vivientes nos enseñó que una casa y una reforma que sigue la Belleza Vital sin imponer ciegamente la propia forma en la materia (“¿recuerdas, Kratimus?”) tiene muchas más dimensiones de las que tiene una reforma normal. Casi diez años después aplicamos esas nuevas dimensiones invisibles al ruinoso Casa Villa El Paraíso en España y terminamos con una villa de 5 estrellas, nuevos amigos especiales de corazón y un pueblo entero que hoy está con nosotros con una sonrisa. En aquel lejano 2016, sin embargo, aquel nuevo Aliado distinto en forma de bloqueo inamovible, tras tanto esfuerzo nos obligó a terminar las obras prematuramente y dejarlas incompletas, abandonando el último de los cuatro pisos y, aunque intentamos alquilar solo una parte de la casa, sabíamos que el mercado no nos aceptaría.
Trabajando en lo más alto conocemos bien cómo funciona el público, y especialmente el público del Lago de Como, convertido en importante desde los primeros años del turismo de masas. Y de hecho, incluso frente a una casa hermosa y parcialmente renacida, la opinión del público fue tibia e incluso algo duramente crítica precisamente en aquellos aspectos menores, pero importantes, sobre los que no pudimos hacer nada. Como super-host durante dos años consecutivos, ni siquiera nuestra hospitalidad fue suficiente para reparar el daño y, con el corazón pesado, tuvimos que retirarnos.
Terminados los trabajos como se pudo, volvimos a Madrid y Villa Gioi, la casa familiar, volvió a las sombras. Queriéndolo o no, aunque con algunas breves vacaciones, la casa quedó abandonada durante otros diez años, aunque, tras nuestra partida, fue disfrutada y mantenida un par de años más por la familia…
Gracias a la familia y en particular a mi hermana y a su marido, la batalla con el tiempo no se detuvo… la resistencia continuaba…
¡EnJoy!
(Continuará…)
Galería
(Dada la gran emoción de la familia y el valor sentimental del proyecto, en este primer post las fotos de los interiores estarán protegidas por un filtro. Servirá para proteger los detalles privados, pero sobre todo la belleza sentimental de muchos de esos objetos que, aunque marcados por el tiempo, conservan en su corazón toda la belleza vital que inspiraban en nosotros.)




Casa Familiare
«Con quell’immagine tessuta nella nostra mente dalla narrazione, arrivammo a Pognana, il paese che ospita la casa. Il racconto si interruppe e, una volta trovato parcheggio sotto un sole primaverile, iniziammo a scendere le scale carichi di aspettative.».
«Quel ramo del lago di Como che volge a mezzogiorno» è una delle frasi più famose della letteratura italiana. Parla di amori proibiti e di uno dei posti più celebri a nord di Milano. Oggigiorno il Lago di Como è uno dei luoghi più turistici del mondo, una Ibiza del nord Italia, meta di turismo massivo, ma anche altamente esclusivo, particolarmente lussuoso e, allo stesso tempo, soprattutto straniero.
In questo contesto, però, esiste un lago di Como differente da quello che viene raccontato. È quella realtà di paesi locali, così vicini a Milano eppure lontani dal suo ritmo, dove le famiglie milanesi trovavano riparo durante i caldi mesi estivi. Cercavano la frescura del lago e la possibilità di stare nella natura, invece che tra palazzi, strade e macchine piene di smog. Non si trattava esattamente di turismo italiano, anche se lo era, ma sì, in quel momento eravamo noi milanesi gli stranieri.
Eppure, anche così, Villa Gioi nacque come una casa familiare, cresciuta nel tempo insieme alla nostra storia. Passò dai nonni ai miei genitori dove mio padre dovette fare una prima importantissima ristrutturazione di finestre, riscaldamento, sistema elettrico, e molto di più solo per renderla vivibile più di trent’anni fa e divenne poi un punto d’incontro per tutte le nostre compagnie amicali: alle medie, al liceo e perfino all’università. La nostra famiglia è sempre stata accogliente con le persone a noi vicine e ha rappresentato spesso il punto di appoggio per bellissimi ricordi di amicizia e fratellanza. Accoglienza e apertura apprese dalla famiglia: ciò è alla base del grande successo di Casa Villa El Paraíso in Spagna, ma soprattutto caratterizza la filosofia del marchio «El Paraíso», quell’ispirazione super-vivente che accomuna Peter e me in una disponibilità e accoglienza che viene dal cuore.
Dopo tanti anni di vita estiva a Pognana Lario, però, come spesso accade nelle famiglie con una grande apertura mentale verso il mondo, educate a non lasciare i talenti nascosti sotto terra, ma a investirli e dar loro un uso, noi fratelli cercammo lavoro all’estero.
La casa rimase chiusa per vari anni, in quello che si sarebbe rivelato il primo dei due grandi abbandoni che era destinata a soffrire.
Ciò però non fu il risultato di una decisione attiva, ma della normale conseguenza di una vita internazionale, dove, arrivati all’età adulta, si decide di prendere una strada, grati del cammino che ci aveva portati fino a quel momento e curiosi di vedere dove ci avrebbe portato. Ognuno di noi trovò un posto diverso in Europa dove vivere, lavorare e crescere professionalmente, diventando poco a poco le persone che siamo oggi, ciascuno nel proprio percorso, portando con sé un pezzo di quella casa e di ciò che ci aveva insegnato.
Il primo rientro in Italia, nella mia storia personale, avvenne dieci anni fa, nel 2014, dopo essermi trasferito per la prima volta a Madrid e aver lavorato a Ibiza per due anni. Tornai con Peter, che sarebbe diventato mio marito (e, tra l’altro, ci saremmo sposati proprio lì, nel ramo del lago di Como che volge verso mezzogiorno). Tuttavia la decisione di tornare in Italia (per lui sarebbe stata la prima volta come non-turista) non era stata semplice.
L’ultima stagione a Ibiza l’avevamo vissuta assieme, ma dopo aver lavorato tra famosi e potenti, tra spiagge mistiche ed eventi esclusivi, tra la luce della spiritualità trascendentale e la tenebra del lusso multimilionario (che ogni tanto si scambiavano di posto…), ci eravamo trovati a fine estate in un bar con due carissimi amici di Madrid in visita. Era normale per il nostro modo di essere accogliente: in 6 mesi perfino a Ibiza la nostra stanza degli ospiti è stata vuota meno di un paio di settimane… Per noi ospitare e condividere è vivere.
Stavamo parlando con loro di una prossima vacanza assieme ed era già da un po’ di tempo che stavamo decidendo se saremmo rientrati a Madrid con un buon lavoro e gli amici di sempre, o se avremmo provato, romanticamente, Milano, ricominciando da zero (anche se non per gli amici, poiché i miei erano ancora presenti). Mi ricordo che, pratici e razionali come siamo, avevamo sempre puntato verso Madrid, ma qualcosa nella conversazione con gli amici, quella felicità che avevano provato nella vacanza assieme, ci fece decidere proprio al tramonto.
Non saprei dire se fosse il sole che scendeva nel mare o la spiaggia semideserta di un angolo sconosciuto ai turisti, uno di quei luoghi benedetti a cui hanno accesso solo coloro che vivono la vera vita dell’isola, accanto ai suoi abitanti. Peter, nel suo ambito giornalistico e pubblicitario, e io, come “neo-guru-non-guru” dell’Ibiza olistica (ma razionale), eravamo stati accolti in spazi custoditi con gelosia — e giustamente — dai locali, preziosi rifugi di privacy sottratti al turismo di massa, dove l’esclusività non era un hashtag, ma essenza vera.
Quale che fosse la ragione, dopo giorni di conversazioni sul tema, finalmente ci divenne chiaro, come una rivelazione. Ci succede ogni tanto, ci guardiamo negli occhi con un sorriso e già sappiamo cosa stiamo pensando perché siamo già daccordo prima di dirlo: dopo tanto lavoro e attività mentale, era il tempo di far lavorare un po’ il cuore, era il tempo di andare in Italia.
Lasciammo quindi baracca e burattini (NdL: non è proprio vero: a fine stagione è normale lasciare Ibiza in modo organizzato e organico, ma mentre scrivevo il detto popolare scoprìì un mondo di impliciti storici densissimo, per cui lo mantenni per ricordarmi di scrivere un post un giorno… gli inglesi lo dicono meglio: mindblowing, merita perfino rompere la quarta parete) e prendemmo l’aereo senza sapere cosa avremmo trovato, ma con la certezza che sarebbe stato Bellissimo. Come Avventurieri della Vita, sappiamo che lo sforzo, la fatica e il “stringere i denti” fanno parte del percorso in modo del tutto naturale. Eppure scegliamo sempre di rivolgere l’attenzione alla Bellezza Vitale che da emerge, quando si vive con un’ispirazione super-vivente, al di sopra della vita. All’epoca questo termine ancora non esisteva, ma credo descriva bene il nostro modo di pensare e, soprattutto, il suo valore intrinseco per chi si ispira ad esso nella prova concreta dei risultati dei nostri progetti.
Il ritorno a Milano nell’autunno del 2014 fu quello che succede a tutti: il trasloco, la ricerca del lavoro e la presa di contatto con i vecchi (e nuovi) amici. Tuttavia, alla prima occasione di tirare un fiato, prendemmo la macchina e andammo «sul lago». Volevo fare vedere a Peter la nostra casa, con tutti quei bellissimi ricordi in essa custoditi.
Il viaggio in macchina non fu lungo, si trovava a un’oretta solo da Milano, e mentre la radio canticchiava qualche canzone moderna, mi trovai a raccontargli degli ultimi anni universitari prima della Spagna, appena prima di trasferirmi a Madrid. Un altro tassello della mia storia che non aveva ancora sentito.
Prima della Spagna c’era stato un momento in cui ero rimasto solo a Milano: mia sorella era stata la prima a partire per la Spagna (lei la «colpevole» di avermi fatto innamorare della stupenda Madrid), seguita qualche anno dopo da mio fratello a Londra. Durante l’università e i primi anni di lavoro ero l’unico che ancora poteva godersi Pognana con gli amici del liceo e poi dell’università per grandi tornei di D&D (un gruppo bellissimo di amici significativi), serate di binge watching di Scrubs (e altre serie storiche), oltre che grandi mangiate di qualità comense.
Pognana per me era il luogo dei grandi discorsi filosofici sotto le stelle con un caro amico poi perso nel cammino, così come di risvegli notturni con cieli illuminati dalle lunghe e affascinanti tempeste di fulmini estive che pochi conoscono: ore intere di fulmini tra nubi che mormorano, imbiancando quasi a giorno l’intero lago, come l’apertura di un portale tra cielo e terra, uno spettacolo che, unito al timore comprensibile, ma (in)giustificato, è unico al mondo.
Con quell’immagine tessuta nella nostra mente dalla narrazione, arrivammo a Pognana, il paese che ospita la casa. Il racconto si interruppe e, una volta trovato parcheggio sotto un sole primaverile, iniziammo a scendere le scale carichi di aspettative.
Avevo il cuore pieno di gioia e aspettativa: volevo fargli vedere uno dei posti più belli al mondo, perfino dopo aver lavorato nel top del top in una Ibiza che, come tutti sappiamo, brilla tra le stelle terrestri più luminose della nostra geografia.
Quando aprimmo la porta, però, il cuore perse più di un battito. La casa della mia infanzia, poi adolescenza e giovane età (post)universitaria, non era più la stessa: era cupa, era triste.
Dopo il primo grande abbandono non era ancora un rudere, ma la sofferenza traspirava da ogni angolo e oggetto rimasto integro o parzialmente consumato dal tempo.
L’odore di umidità e il caratteristico aroma dei nostri amatissimi cani, che avevano scodinzolato sotto i tavoli aspettando il pane all’olio della colazione o che avevano pisolato con noi sui divani che mamma e papà avevano cercato per anni appena sposati, aveva ottenuto un carattere ostinato e rabbioso a causa dell’umidità del lago accumulatasi nel tempo. Non gli era piaciuta la solitudine.
Aprimmo alacremente le finestre, finendo avvolti dalle centinaia di ragnatele che sembravano aver colonizzato ogni angolo della casa. L’esperienza degli insetti in una casa di campagna sul lago è variegata, ma non è così terribile durante un rientro normale. Tuttavia, se una casa viene abbandonata, e lo scoprimmo estesamente in quelle ore, si era convertita in una vera e propria colonizzazione. Dopotutto quella casa era divenuta il loro rifugio e noi sembravamo giganti inferociti alle prese con una caotica e catastrofica distruzione della loro società oscura.
Peter è una persona «alla buona», come me. Viviamo serenamente la vita vedendo il bello anche dove pochi sono in grado anche solo di sospettare che esista. Come me, anche lui aveva solo occhi per la bellissima vista sul lago e per i bellissimi mobili di legno antico, i quali, pur se divorati dalle tarme, erano ancora carichi di bellissimi ricordi condivisi con la famiglia.
Anche lui come me «sente» le cose in modo diverso, pur senza averle vissute. Tuttavia, per quanto riguardava me, non era quello che mi aspettavo di trovare, né dove pensavo di dormire per il fine settimana, anche se il piano superiore era in migliori condizioni (dopo il primo abbandono almeno, dopo il secondo invece fu tutta un’altra storia…).
Anni di chiusura avevano trasformato le due cucine in una bomba di muffe e insetti. Il frigorifero custodiva gelosamente una carne trita fermentata da almeno un paio d’anni e solo aprirlo alzò di un paio di punti qualunque definizione avessi già del peggior odore pungente che si possa sperimentare. Ci impiegammo quasi una settimana a togliere l’odore dalla cucina…
Ogni cassetto aperto o sguardo verso recipienti trasparenti ricordava che la vita trova sempre un sostituto quando si abbandona un posto. La natura ha un potere impressionante e, se non vivi una casa, questa non muore come un essere vivente, ma come sistema è come se lo facesse e, quando ritorna in vita, quando lo fa da sola, lo fa con qualcun altro dentro.
Tuttavia, in questa nefasta esplorazione di letti rotti e tappeti anneriti, sia io che Peter sentivamo quella vibrazione ancora presente che, parecchi anni dopo, ci avrebbe portati a dare una seconda possibilità a quello che oggi è El Paraíso. Come super-viventi la chiamiamo Bellezza Vitale, quella scintilla autoevidente che si sente con l’anima più che con i sensi e che si manifesta alla mente attraverso fugaci richiami d’istinto.
Animati dal sogno di una casa così poetica e approfittando della nostra predisposizione a lavori complessi, ci rimboccammo le maniche con la benedizione dei miei genitori dopo due anni aprendo Airbnb a Milano, ottenendo nuovi amici e risultati sia lavorativi che di ospitalità, ma soprattutto facendoci ri-conoscere come adulti in famiglia con le nuove famiglia in formazione.
Peter entrando nella famiglia con l’affetto dei miei genitori con affetto, le occasioni di visita ai fratelli e l’integrazione con i partneri di ciascuno (siamo stati proprio fortunati tutti… o forse avevamo tutta una buona ispirazione). Due anni di vita pieni, di alti, ma anche di bassi e bassissimi, che meritano citazione non per pietà o vittimismo (seriale), ma per ricordare che il Processo è l’importante, non il punto di arrivo.
Peter aveva la capacità maturata in anni nelle produzioni pubblicitarie di mezzo mondo e io la natura di Avventuriero della Vita (la mia ispirazione da sempre è l’uomo rinascimentale), abituato alla polivalenza necessaria per selezionare top management in multinazionali, insegnare in masterclass internazionali o accompagnare meditazioni guidate in un Shamanic Sunset.
Gennaio-Giugno 2016. La prima rinascita. Furono sei mesi di duro lavoro, scelte difficili e giornate che non finivano mai, per rimetterla in sesto. Non era un progetto di piacere, però. Già a quel tempo, dopo i primi buoni risultati con Airbnb e in virtù della nostra esperienza i miei genitori ci proposero di rimettere la casa a posto.
Come sarebbe successo con El Paraíso anni più tardi, il fatto di rimanere stregati dalla magia di un luogo è sempre secondario alla praticità del mantenimento della casa. La rinascita della casa era prevista in un progetto familiare di auto-mantenimento sostenibile che prevedeva che l’avremmo affittata in modo professionale per coprire le spese. E al tempo stesso richiedeva un misto di grande amore per la Casa e rispetto per la sua storia, condivisa con tutta la famiglia. Non era una ristrutturazione, era una guarigione. Tuttavia, al sesto mese, giusto prima di aprirla su Airbnb, sopraggiunsero nuove esigenze familiari che resero impossibile completarlo.
Certe cose sul momento possono essere dure e difficili da comprendere, uno dei «bassissimi» di cui sopra; peró in termini super-viventi ci insegnó che una casa e una ristrutturazione che segue la Bellezza Vitale senza imprimere ciecamente la propria forma nella materia («ricordi, Kratimus?«) ha molte più dimensioni di quelle di una ristrutturazione normale. Quasi dieci anni più tardi applicammo quelle nuove invisibili dimensioni al rudere di Casa Villa El Paraiso in Spagna e terminammo con una villa 5 stelle, nuovi amici speciali, di cuore, e un intero paese che sta con noi con un sorriso. In quel lontano 2016 però, quel nuovo Alleato Diverso sotto forma di blocco inamovibile, dopo tanto sforzo ci obbligò a finire i lavori prematuramente e lasciarli incompleti, abbandonando l’ultimo dei quattro piani e, anche se provammo ad affittare solo una parte della casa, sapevamo che il Mercato non ci avrebbe accettato.
Lavorando con il top conosciamo bene come funziona il pubblico, e soprattutto il pubblico sul Lago di Como, divenuto importante fin dai primi anni del turismo di massa. E difatti, pur di fronte a una casa bellissima e parzialmente rinata, l’opinione del pubblico fu tiepida e perfino un po’ duramente critica proprio su quegli aspetti minoritari, ma importanti, su cui non potemmo fare nulla. Come super-host per 2 anni consecutivi neppure la nostra accoglienza fu sufficiente a riparare il danno e, con il cuore pesante, ci dovemmo ritirare.
Finiti i lavori come si poteva quindi, tornammo a Madrid e Villa Gioi, la casa familiare, tornò nelle ombre. Volenti o nolenti, pur se con qualche breve vacanza, la casa venne abbandonata per altri dieci anni, anche se, dopo la nostra partenza, venne goduta e mantenuta un paio d’anni in più dalla famiglia…
Grazie alla famiglia e in particolar modo a mia sorella e a suo marito infatti, la battaglia con il tempo non venne sospesa… la resistenza continuava…
EnJoy!
(continua…)
Gallery
(Data la grande emozione della famiglia e il valore sentimentale del progetto, in questo primo post le foto degli interni saranno protette da un filtro. Servirà a proteggere i dettagli privati, ma soprattutto la bellezza sentimentale di molti di quegli oggetti che, pur segnati dal tempo, conservano nel cuore tutta la bellezza vitale che ispiravano in noi.)




[CVEP JOY] Gallery
Family Home
«With that image woven into our minds through narration, we arrived in Pognana, the village that hosts the house. The story paused, and once we found parking under a spring sun, we began walking down the stairs full of expectation.».
“That branch of Lake Como which turns toward the south” is one of the most famous lines in Italian literature. It speaks of forbidden love and one of the most iconic places north of Milan. Today, Lake Como is one of the most touristic destinations in the world — a sort of northern Italian Ibiza, a hub of mass tourism, but also highly exclusive, particularly luxurious, and at the same time, above all, foreign.
Yet within this context, there exists another Lake Como — very different from the one usually described. It is the reality of local towns, so close to Milan and yet so distant from its rhythm, where Milanese families used to find refuge during the hot summer months. They sought the coolness of the lake and the chance to be in nature, instead of among buildings, roads, and cars filled with smog. It wasn’t exactly Italian tourism, even though it was — but yes, at that time, we Milanese were the foreigners.
And yet, even so, Villa Gioi was born as a family home, growing over time alongside our own history. It passed from grandparents to my parents, where my father had to make a first refurbishment of windows, heating and electricity system and much more just to make it livable 30 years ago and eventually became a meeting point for all our friend groups: middle school, high school, and even university. Our family has always been welcoming to those close to us, and it has often served as a foundation for beautiful memories of friendship and brotherhood. Hospitality and openness learned within the family lie at the core of the great success of Casa Villa El Paraíso in Spain, but above all they define the philosophy of the “El Paraíso” brand — that super-living inspiration that Peter and I share, rooted in a deep-hearted sense of openness and welcome.
After many years of summer life in Pognana Lario, however, as often happens in families with a strong openness toward the world — educated not to bury their talents underground but to invest them and give them purpose — we siblings began looking for work abroad.
The house remained closed for several years, in what would turn out to be the first of two great abandonments it was destined to experience.
This, however, was not the result of an active decision, but rather the natural consequence of an international life, where, upon reaching adulthood, one chooses a path — grateful for the journey that had led us there, and curious to see where it would take us next. Each of us found a different place in Europe to live, work, and grow professionally, slowly becoming the people we are today, each on our own path, carrying with us a piece of that house and everything it had taught us.
My first return to Italy, in my personal story, happened ten years ago, in 2014, after I had moved to Madrid for the first time and worked in Ibiza for two years. I returned with Peter, who would later become my husband (and, as it happens, we would get married right there, on that branch of Lake Como which turns toward the south). However, the decision to return to Italy — for him, the first time as a non-tourist — was not an easy one.
Our last season in Ibiza had been spent together, but after working among famous and powerful people, between mystical beaches and exclusive events, between the light of transcendental spirituality and the darkness of multi-millionaire luxury (which sometimes seemed to swap places…), we found ourselves at the end of the summer in a bar with two very dear friends from Madrid who were visiting. That was normal for the way we lived hospitality: in six months, even in Ibiza, our guest room was empty for barely a couple of weeks… For us, hosting and sharing is living.
We were talking with them about a future holiday together, and for some time we had been deciding whether we would return to Madrid with good jobs and our usual circle of friends, or whether we would romantically try Milan, starting from scratch (though not in terms of friends, since mine were still there). I remember that, practical and rational as we are, we had always leaned toward Madrid, but something in that conversation with our friends — the happiness they had felt during their time together — made us decide right at sunset.
I can’t say whether it was the sun sinking into the sea or the semi-deserted beach in a hidden corner unknown to tourists, one of those blessed places only accessible to those who truly live the island alongside its inhabitants. Peter, in his field of journalism and advertising, and I, as a kind of “neo-guru-non-guru” of holistic Ibiza (but a rational one), had been welcomed into spaces jealously guarded — and rightly so — by locals: precious refuges of privacy taken away from mass tourism, where exclusivity was not a hashtag but a real essence.
Whatever the reason, after days of conversation on the matter, it finally became clear to us, like a revelation. It happens to us sometimes: we look into each other’s eyes with a smile and already know what the other is thinking because we are already aligned before even speaking. After so much work and mental activity, it was time to let the heart work a little; it was time to go to Italy.
So we left everything behind (Editor’s note: not entirely true — at the end of the season it is normal to leave Ibiza in an organized and organic way, but while I was writing that popular expression I discovered a whole world of dense historical implications, so I kept it as a reminder to maybe write a post one day… the English say it better: mind-blowing, it almost deserves breaking the fourth wall) and took the plane without knowing what we would find, but certain it would be beautiful. As super-living humans, we know that effort, fatigue, and “gritting your teeth” are a natural part of the journey. And yet we always choose to focus on the Vital Beauty that emerges when one lives with a super-living inspiration, beyond life itself. At that time, this term did not yet exist, but I believe it describes well our way of thinking and, above all, its intrinsic value for those who are inspired by it through the concrete results of our projects.
Returning to Milan in the autumn of 2014 was what happens to everyone: moving, searching for work, reconnecting with old (and new) friends. However, at the first chance to breathe, we took the car and went “to the lake.” I wanted to show Peter our home, with all those beautiful memories stored within it.
The drive wasn’t long — it was only about an hour from Milan — and while the radio hummed along with some modern song, I found myself telling him about my last university years before Spain, just before moving to Madrid. Another piece of my story he had not yet heard.
Before Spain, there had been a time when I was alone in Milan: my sister had been the first to leave for Spain (she was the “culprit” who made me fall in love with wonderful Madrid), followed a few years later by my brother to London. During university and my early working years, I was the only one still able to enjoy Pognana with friends from high school and then university — big D&D tournaments (a beautiful group of meaningful friends), binge-watching nights of Scrubs (and other classic series), and large, high-quality Comasco meals.
For me, Pognana was the place of great philosophical conversations under the stars with a dear friend later lost along the way, as well as nighttime awakenings under skies lit by long, fascinating summer thunderstorms few people know: hours of lightning between murmuring clouds, turning the lake almost daylight-white, like the opening of a portal between sky and earth — a spectacle that, combined with the understandable but (unjustified) fear, is unique in the world.
With that image woven into our minds through narration, we arrived in Pognana, the village that hosts the house. The story paused, and once we found parking under a spring sun, we began walking down the stairs full of expectation.
My heart was full of joy and anticipation: I wanted to show him one of the most beautiful places in the world, even after having worked at the very top in an Ibiza that, as we all know, shines among the brightest earthly stars of our geography.
But when we opened the door, my heart skipped more than a beat. The house of my childhood, adolescence, and (post-)university young adulthood was no longer the same: it was dark, it was sad.
After the first great abandonment, it was not yet a ruin, but suffering seeped from every corner and from every object still intact or partially consumed by time.
The smell of humidity, and the characteristic scent of our beloved dogs — who used to wag their tails under the tables waiting for breakfast bread with oil, or sleep with us on the sofas my parents had searched for years after getting married — had taken on a stubborn, almost angry character due to the accumulated lake humidity. It had not enjoyed the solitude.
We quickly opened the windows, only to be wrapped in hundreds of cobwebs that seemed to have colonized every corner of the house. The experience of insects in a lakeside country house is varied, but not so terrible during a normal return. However, when a house is abandoned — as we discovered in full during those hours — it becomes a true colonization. That house had become their refuge, and we seemed like furious giants confronting a chaotic, catastrophic destruction of their dark society.
Peter is a down-to-earth person, like me. We live life calmly, seeing beauty even where few can suspect it exists. Like me, he could only see the beautiful lake view and the antique wooden furniture, which, though eaten by woodworms, still carried beautiful shared family memories.
He, like me, “feels” things differently, even without having experienced them. However, for me, it was not what I expected to find, nor where I thought I would spend the weekend, even though the upper floor was in better condition (after the first abandonment at least — after the second, it was a completely different story…).
Years of closure had turned the two kitchens into a bomb of mold and insects. The refrigerator still faithfully held minced meat fermented for at least a couple of years, and simply opening it raised my definition of the worst possible smell by several notches. It took us almost a week to get rid of the kitchen odor…
Every drawer opened, every transparent container we looked into reminded us that life always finds a substitute when a place is abandoned. Nature is immensely powerful, and if you do not live in a house, it does not die like a living being — but as a system it is as if it does, and when it comes back to life on its own, it does so with someone else inside.
Yet, in this grim exploration of broken beds and blackened carpets, both Peter and I still felt that vibration present — the same one that, many years later, would lead us to give a second chance to what is today El Paraíso. As super-living humans, we call it Vital Beauty — that self-evident spark felt more by the soul than by the senses, and which reveals itself to the mind through fleeting intuitive calls.
Driven by the dream of such a poetic house and by our natural inclination toward complex work, we rolled up our sleeves with my parents’ blessing. After two years, we began hosting on Airbnb in Milan, gaining new friends and both professional and hospitality results, but above all re-recognizing ourselves as adults within the family and within new forming families.
Peter entered the family with my parents’ affection, visits to my siblings, and integration with each of their partners (we were all really lucky… or perhaps we simply had a good inspiration). Two full years of life — with highs, but also lows and very deep lows — which deserve mention not out of pity or victimhood (serial), but to remember that the Process is what matters, not the destination.
Peter had the ability gained through years in advertising productions around the world, and I had the nature of a super-living human adventurer (my inspiration has always been the Renaissance man), used to the versatility needed to select top management in multinationals, teach international masterclasses, or lead guided meditations in a Shamanic Sunset.
January–June 2016. The first rebirth. Six months of hard work, difficult choices, and days that never seemed to end, to bring the house back to life. It was not a leisure project, however. Even at that time, due to our experience and after the early success with Airbnb, my parents proposed us to restore the family house.
As would happen with El Paraíso years later, being enchanted by the magic of a place is always secondary to the practical reality of maintaining a house. The rebirth of the house was designed as a family project of self-sustainability, intended to be professionally rented to cover its costs. At the same time, it required a mixture of deep love for the house and respect for its history, shared by the whole family. It was not a renovation — it was a healing. However, by the sixth month, just before opening it on Airbnb, new family needs arose that made it impossible to complete.
Some things in the moment can be hard and difficult to understand — one of those “very lows” mentioned above — but in super-living terms it taught us that a house and a renovation that follows Vital Beauty, without blindly imposing one’s own form onto matter (“remember, Kratimus?”), has many more dimensions than a normal renovation. Almost ten years later we applied those new invisible dimensions to the ruined Casa Villa El Paraíso in Spain and ended up with a 5-star villa, new special friends of the heart, and an entire village now smiling with us. Back in 2016, however, that new different Ally in the form of an immovable blockage forced us, after so much effort, to end the works prematurely and leave them incomplete, abandoning the last of the four floors, and even though we tried to rent only part of the house, we knew the market would not accept it.
Working at the top level, we know very well how the public works — and especially the Lake Como public, which became important from the early days of mass tourism. And indeed, despite a beautiful and partially reborn house, public opinion was lukewarm and even somewhat harshly critical precisely on those minor but important aspects we could not change. As super-hosts for two consecutive years, even our hospitality was not enough to repair the damage, and with heavy hearts, we had to withdraw.
Once the works were finished as best as possible, we returned to Madrid and Villa Gioi, the family house, fell back into shadows. Willingly or not, even with some brief holidays, the house remained abandoned for another ten years, although after our departure it was still enjoyed and maintained for a couple more years by the family…
Thanks to the family — and especially my sister and her husband — the battle with time did not stop… the resistance continued…
EnJoy!




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Dr. Luca Povoleri De Las Heras
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«Super-Viv(i)ente«, Gruppo Albatros, Roma 2020. (Libreria: Italia, España, UK)
«Kratimus: Il Seme di Luce«, LucaPovoleri.com, Milano, 2018. (Seconda edizione. Non disponibile)
«Kratimus: La chiave dei Sette Cieli«, LucaPovoleri.com, Milano, 2017. (Seconda edizione. Non disponibile)
«Kratimus: Il Passo delle Stelle», LucaPovoleri.com, Milano, 2015. (Terza edizione)
“La Creatividad en tu empresa. Como fluir en ti mismo y alcanzar tus objetivos empresariales.”, Embajada de Marca, Albacete 2016
“Il telefono cellulare: tra tecnofilia e dipendenza” Sarno-Prunas-Povoleri, “Psicotech” 2 (IV), 2006, Editorial Franco Angeli







