[VEP] 0103 – En las puertas del Paraíso ðŸ‡ªðŸ‡¸+🇮🇹+🇺🇸

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En las puertas de El Paraíso


Por mucho que las ventanas rotas, la humedad y los murciélagos que dormían boca abajo en los viejos baños dieran mala espina, sentí que la vibración que desprendía la casa nunca fue tan lúgubre como cuando habíamos visitado otras casas abandonadas. Bajo ese ambiente frío y marchitado por la falta de cariño había un deseo de vivir y brillar como antes.“.

Se dice que el corazón pierde el latido cuando algo fuera de lo normal interrumpe el flujo fluido de los estímulos internos y externos que conforman nuestro mundo sensorial. Sin embargo, pocos saben por dónde va ese latido. Tengo la firme opinión de que esa ligera contracción rítmica que no se produce en nuestro corazón va a parar a un lugar invisible donde conviven el deseo, consciente o no, y su realización. Ese latido se convierte en el punto de encuentro entre ese mundo y el nuestro, un sacrificio anímico de realización, de transubstanciación alquímica humana.

Cuando aparcamos el coche en el hormigón casi pulverizado de la plaza frente a la entrada, Peter y yo supimos que algo había empezado. Fue un instinto, una sensación de fluir con los acontecimientos, pero cuando vimos la puerta de hierro forjado distorsionada y oxidada, pero todavía imponente y brillante de su pasado alegre, supimos que ese latido nos llevaba a un lugar fuera de lo común.

El jardín que habíamos visto desde la carretera estaba protegido por una sólida valla con alambre de espino. Los cuerpos destrozados de los antiguos protectores de madera cubiertos de hiedra nos comunicaban nostalgia y abandono, pero al mismo tiempo evocaban un pasado en el que la naturaleza había dominado los límites de esa tierra, protegiéndola y embelleciéndola al mismo tiempo con poderosas ramas y exuberante follaje.

Al otro lado, una asombrosa variedad de árboles y plantas perennes o casi perennes (diciembre ya casi no es invierno, pero ver tanto follaje exuberante sigue asombrando a cualquiera) adornaba un inmenso jardín silvestre que descendía suavemente por la ladera de la colina, apoyándose suavemente en la carretera principal.

Aunque pronto exploraríamos aquel inmenso terreno lleno de sugestivos rincones secretos, no puedo negar que lo que más nos asombró fue la estupenda mansión que se alzaba en el centro. Era majestuosa, imponente y elegante. Las piedras naturales talladas que conformaban sus muros en tonos tierra, la espléndida terraza del primer piso que se abría a inmensos ventanales, y esa redondez central justo debajo del techo, que no sabíamos qué era, pero que parecía abrirse a un lugar tan mágico y misterioso como los de los cuentos infantiles de hechiceros.

A las puertas de Villa El Paraíso esperaba Juan, un agente inmobiliario rollizo y regordete con un rostro juvenil pero reservado. Sus líneas de expresión mostraban a una persona transparente, acostumbrada a sonreír, pero también forjada por años de trabajo en el sector inmobiliario. Por lo tanto, sabíamos desde el principio que no utilizaría los trucos de mano dura de algunos vendedores actuales, como la presión psicológica, la actitud cerrada de cierre a cualquier negociación y la arrogancia de un mercado feroz y despiadado que permite vender cualquier cosa a cualquier precio (aunque no sea cierto). Cuando nos dimos la mano, sabíamos que podíamos esperar, si acaso, algunos trucos de venta un poco anticuados del viejo mundo pre-digital, pero que en general tendríamos un interlocutor honesto. Esto fue bastante alentador, dado que realmente no podíamos permitirnos esa casa y que, sin margen de maniobra, sólo estaríamos perdiendo el tiempo.

Junto a él estaba Francisco (todos los nombres en VEP son claramente inventados, pero se refieren a personas reales), que representaba al propietario. Era un hombre alto y robusto, con una presencia fuerte pero al mismo tiempo amable. A primera vista parecía centrado, experimentado y con los pies en la tierra, pero con una vena poética oculta por su imponente aspecto. Fue amable con nosotros y nos alegramos de estar tratando no sólo con el agente inmobiliario, sino también con un representante del propietario, aunque realmente se nos escapó por qué estaba allí.

Sin embargo, lo que estaba claro, o al menos era evidente por los hechos, era que había algo diferente en esa casa.

Cuando los dos abrieron, no con mucha facilidad, el viejo portón que casi se deshizo en sus manos, comenzamos a subir por la entrada principal. Para llegar a la puerta principal, había dos pequeñas sendas que abrazaban un pequeño jardín rodeado de piedras similares a las de la casa. Un lado conducía a la zona del garaje, el otro pasaba por los antiguos arcos metálicos blancos. Estaban infestados de arbustos de veinte años que se habían convertido en verdaderos árboles, cuyos troncos retorcidos se entrelazaban con el metal oxidado en un abrazo apretado y forzado.

Frente a la puerta de entrada había un tramo de escaleras con, a ambos lados, dos estatuas de querubines con una cesta sobre la cabeza. Junto con un par de enanos y jarrones de piedra, los adornos tenían el mismo encanto nostálgico que los árboles cortados cerca de la valla del terreno: estaban rotos, fragmentados y abandonados, pero se podía sentir en ellos y a su alrededor la vida que habían tenido una vez, el cuidado con el que habían sido cuidados durante años antes de ser abandonados, y la certeza de que pertenecían exactamente al lugar donde estaban.

Al llegar a la entrada de la casa, una vieja puerta de metal, pero todavía fuerte a pesar de los evidentes signos del tiempo, uno de nuestros acompañantes nos abrió el camino y comenzó a describir la casa.

Al otro lado de la puerta, el mundo cambió radicalmente. El apagado resplandor del jardín y del exterior, el que recordaba la gloriosa luz de un pasado fascinante atenuada por el abandono, dio paso a un pesado manto de sufrimiento desolador. Las sombras de décadas de abandono susurraban historias de una casa sedienta y empobrecida. Estaba casi completamente vacía, pero los pocos muebles viejos y polvorientos devorados por el tiempo eran testigos de un tímido intento de darle una forma acogedora, o al menos de albergar a las personas que la mantenían durante unas horas. Sin embargo, por mucho que las ventanas rotas, la humedad y los murciélagos que dormían boca abajo en los viejos baños dieran mala espina, sentí que la vibración que desprendía la casa nunca fue tan lúgubre como cuando habíamos visitado otras casas abandonadas. Bajo ese ambiente frío y marchitado por la falta de cariño había un deseo de vivir y brillar como antes.

“Esta casa lleva muchos años abandonada…” nos dijo Francisco mientras nos enseñaba la planta baja caminando sobre un suelo de baldosas antiguas que se levantaban en varios puntos creando pequeños promontorios. “En su día fue el chalet más bonito del pueblo, lo llamaban ‘El Chalet’ y aún hoy lo sería si se restaurara”.

Lo dijo con una mezcla de orgullo y tristeza en su voz. Sin embargo, no sé si fue una sensación que tuve o un matiz que capté en ese momento, había algo esperanzador en su tono. Era como si aquella reunión, aparentemente repetida con decenas de interesados (debido a la pandemia, la casa llevaba casi tres años en el mercado) estuviera destinada de algún modo a acabar con la búsqueda de su familia y la nuestra, y que él, de alguna manera, lo supiera.

Mientras explorabamos la planta baja, que era básicamente el garaje y un trastero con una oscura salita sin uso lógico aparente, nos explicó que la casa se vivía en la primera planta, y que abajo era sólo para fiestas, como si fuera el sótano de una casa americana. Después de que el primer propietario la construyera y viviera en ella, la habían comprado ellos, pero nunca habían tenido la oportunidad de renovarla, así que durante años sólo la utilizaron para la piscina y poco más. Hacía tiempo que nadie vivía en la casa y el jardín era lo único que conservaba su atractivo.

Con el paso del tiempo, los árboles habían invadido las tuberías con sus raíces y, tras largos inviernos y lluvias que habían empapado las paredes de humedad, todos los sistemas eléctricos se habían podrido. Lo único que permanecía estable eran las paredes exteriores y el techo. Los muros eran de piedra, tal y como se construían antiguamente, y proporcionaban un aislamiento térmico natural que permanecía inalterado. Por otra parte, el tejado había sido reconstruido por ellos para poder ponerlo a la venta.

El resto tuvo que ser totalmente rehecho. Ni siquiera el suelo se podía mantener y esto hacía que toda la operación estuviera muy por encima de lo que podíamos permitirnos, a pesar de que el agente inmobiliario nos daba cifras muy optimistas para la reforma, intentando cubrir un poco el pésimo estado de la casa.

Francisco, en cambio, tenía una postura mucho más franca. No doró la píldora y nos dio toda la información sobre lo que estaba bien y lo que no, mostrando una transparencia que realmente apreciamos. “Al final estas cosas siempre salen a la luz…” dijo con sinceridad “… así que prefiero no engañaros que arreglar esta casa lleva trabajo, pero si os gusta, es una casa muy especial…”.

La vista desde la terraza del primer piso era simplemente espléndida. Sí, todo estaba destruido y el jardín necesitaba muchos cuidados, aunque afortunadamente se había mantenido lo mejor posible, sin embargo estar allí arriba nos hizo sentir en el lugar adecuado. Era como en las películas, cuando ves los terrenos desde lo alto del castillo y te sientes “dueño” de la forma más antigua y real: de la tierra. Aunque evidentemente no se trataba de vastos campos y colinas, sino de un gran jardín, la sensación que daba seguía siendo bastante agradable.

También en el primer piso había un enorme salón con una chimenea, la segunda chimenea de la casa para ser exactos porque había otra en la planta baja. Peter y yo queríamos uno sí o sí, pero tener dos era un sueño prohibido.
Junto a la sala de estar estaba la cocina con una entrada independiente a la casa. De hecho, esa era la verdadera entrada principal y desde allí una terraza conducía a dos caminos semicirculares que recorrían los lados de la casa. Eran de hormigón, viejos y llenos de agujeros: uno llevaba a la entrada pasando por una hilera de pinos, el otro conducía a la piscina por el jardín.

En ese momento la magia de aquella vegetación de monte, las grandes piedras naturales esparcidas por el suelo y los profundos conocimientos teóricos, pero sobre todo prácticos, de jardinería de Francisco, mientras nos contaba cada una de las plantas que allí crecían, nos hizo recuperar del enfriamiento anímico provocado por descubrir las tripas de la casa en tan mal estado. Las fotos del anuncio (mostradas aquí) eran bastante realistas, pero al mismo tiempo no daban una idea de lo mal que estaban las cosas. Era definitivamente peor de lo que parecía….

Sin embargo, la zona de la piscina nos devolvió la esperanza. La construcción estaba regularizada, pero sobre todo se alimentaba de un pozo privado, que también estaba en regla, lo que hacía todo mucho más natural y económico, ya que recortaba al menos una parte de los gastos previstos en nuestro presupuesto.

Lo que más nos chocó fue el gallinero, un edificio que apenas podría describirse como tal, que albergaba caballos, gallinas, mulas y palomas en un principio. Era poco más que un paralelepípedo de ladrillos con huecos en lugar de puertas y ventanas, pero tenía dos pisos, bajos, pero aceptables, y una escalera metálica oxidada, pero aún sólida, que subía del exterior.

Era objetivamente un obstáculo y un estorbo innecesario… comprar una casa y encontrar ese lugar sucio y a medio construir en el patio trasero era objetivamente un sinsentido. Desde la piscina se podía ver y parecía una casa ocupada. Por otro lado, incluso la simple demolición costaba mucho dinero y era una verdadera limitación para cualquier plan de compra.

Juan y Francisco terminaron el recorrido y se quedaron a la espera. Cuando estábamos terminando el tour había empezado a granizar fuertemente y nos habíamos refugiado bajo la terraza del primer piso para observar el paisaje invernal bajo la gélida precipitación. Fue un final sugestivo y cierre natural de la reunión. En cuanto terminó, nos saludamos cordialmente y sin mucho ruido, ya que todo era maravillosos y terrible al mismo tiempo. Apreciamos, sin embargo, que nos ofrecieran la oportunidad de volver con un experto en construcción para evaluar la reforma, nos pareció una buena idea y nos dio la sensación de que no tenían prisa, ni querían vender a toda costa a alguien que no fuera capaz de restaurar la casa después.

Cuando salimos, Peter y yo cogimos el coche en silencio y nos dirigimos al pueblo, que estaba a menos de un minuto. Queríamos verlo y quizás tomar un café para pensar en ello. El hecho de que la casa estuviera justo al lado del pueblo pero no dentro era perfecto para que yo viera las estrellas por la noche y para que Peter pudiera ir andando al centro.

Nos miramos por un momento. Ni siquiera podíamos hablar por el nudo de emociones que burbujeaban caóticamente en nuestras cabezas, pero ambos nos conocíamos ya lo suficientemente bien como para entendernos con una mirada.

¿Por qué demonios habíamos ido a ver una casa de 300 metros cuadrados con 5000 metros cuadrados de jardín cuando 90 metros cuadrados era demasiado y queríamos (o podíamos permitirnos) un pequeño jardín con poco más que un charco de agua? ¿Qué malsano deseo de autodestrucción y o perverso (pero al menos más sano) masoquismo se había apoderado de nosotros? Después de la otra espantosa casa-que-no-estaba-encima-de-la-colina que nos había desanimado poco antes, esa villa era a la vez un sueño y la promesa de una pesadilla. ¿Qué queríamos realmente y por qué, si lo habíamos evitado hasta ahora, habíamos ido a ver algo que superaba aunque no de mucho lo que podíamos pagar?

No lo sabíamos y eso nos desconcertaba. Sin embargo, una cosa era cierta: nos gustara o no, algo había cambiado dentro de nosotros y la Villa El Paraíso ya había empezado a hacerse un pequeño hueco en nuestros corazones…

(Continúa…)



Alle porte del Paradiso


“Per quanto le finestre rotte, le umidità, i pipistrelli che dormivano a testa in giù nei vecchi bagni avrebbero dare cattive sensazioni, sentivo che la vibrazione che proveniva dalla casa non diveniva mai cupa come quando avevamo visitato altre case abbandonate. Al di sotto di quel freddo ambiente inaridito dalla mancanza di affetto c’era un desiderio di vivere e splendere come un tempo.”.

Si dice che il cuore perda un battito quando qualcosa fuori dal comune interrompe quel flusso regolare di stimoli interni ed esterni che costituisce il nostro mondo sensoriale. Tuttavia pochi sanno dove va a finire quel battito. E’ mia ferma opinione che quella lieve contrazione ritmata che non si produce nel nostro cuore finisce in un luogo invisibile dove il desiderio, cosciente o meno, e la sua realizzazione, vivono insieme. Quel battito diventa il punto d’incontro tra quel mondo e il nostro, un sacrificio animico di realizzazione, di transustanziazione alchemica umana.

Quando parcheggiammo la macchina sul cemento quasi polverizzato della piazzola di fronte all’ingresso, Peter e io sapevamo che qualcosa era iniziato. Era un istinto, una sensazione di fluire con gli eventi, ma quando vedemmo il cancello di ferro battuto stravolto e arrugginito, ma ancora imponente e brillante di un passato gioioso, sapevamo che quel battito sfuggito dal cuore ci stava portando verso un luogo fuori dal comune.

Il giardino che avevamo visto dalla strada era protetto da una solida rete metallica con filo spinato. I corpi maciullati di antichi protettori lignei coperti da edere ci comunicavano nostalgia e abbandono, ma al tempo stesso rivevalano un passato dove la natura aveva dominato i confini di quel terreno, proteggendolo e abbellendolo al tempo stesso con rami possenti e fronde lussureggianti.

Dall’altra parte, una stupefacente varietà di alberi e piante perenni o quasi (Dicembre non è quasi più inverno ormai, ma vedere tanto fogliame rigoglioso continua a stupire chiunque) adornavano un immenso giardino selvaggio che scendeva con una dolce pendenza dalla collina appoggiandosi con delicatezza alla strada principale.

Anche se presto avremmo esplorato quel terreno così immenso e pieno di suggestivi angoli segreti, non posso negare che la cosa che più ci meravigliava era la stupenda magione che spuntava nel centro. Era maestosa, imponente ed elegante. Le pietre naturali tagliate che costituivano le sue mura dai toni terra, la splendida terrazza del primo piano che si apriva a finestre immense e quel tondo centrale appena sotto al tetto, che non sapevamo cosa fosse, ma sembrava aprirsi a un luogo magico e misterioso come quelli dei racconti di maghi per bambini.

Ad aspettare alle porte della Villa El Paraiso c’era Juan, un agente immobiliario rotondetto e pacioccoso dal volto giovale e al tempo stesso riservato. Le rughe d’espressione mostravano una persona trasparente, abituata al sorriso, ma anche forgiata da anni di lavoro nell’ambito immobiliare. Sapevamo quindi dal principio che non avrebbe usato i trucchi pesanti di certi venditori d’oggi come la pressione psicologica, la chiusura a qualunque trattativa, la supponenza di un mercato infuocato e spietato che permette di vendere qualunque cosa a qualunque prezzo (anche se poi non è vero). Quando ci stringemmo la mano sapevamo che potevamo aspettarci semmai qualche espediente di vendita un po’ datato del vecchio mondo pre-digitale, ma che in genere avremo avuto un interlocutore tendenzialmente onesto. Ciò era abbastanza incoraggiante, dato che non potevamo permetterci realmente quella casa e che senza un po’ di spazio di manovra, avremmo solo perso il tempo.

Accanto a lui c’era Francisco (tutti i nomi in VEP sono chiaramente inventati, ma si riferiscono a persone reali), che rappresentava il proprietario. Era un uomo alto e massiccio, dalla presenza forte, ma al tempo stesso gentile. Sembrava a prima vista una persona centrata, esperta e ancorata alla terra, ma con una vena poetica nascosta dal suo aspetto imponente. Era cordiale con noi e ci fece piacere avere a che fare non solo con l’agente immobiliaro, ma anche con un rappresentante del proprietario, anche se ci sfuggiva realmente il motivo della sua presenza.

Quello che era chiaro però, o che per lo meno si rendeva evidente dai fatti, è che quella casa aveva qualcosa di diverso.

Quando i due aprirono, non con gran facilità, il vecchio cancello che quasi gli si disfaceva in mano, cominciammo a salire per l’ingresso principale. Per arrivare alla porta di casa c’erano due stradine che abbracciavano un giardinetto circondato da pietre simili a quelle di casa. Un lato portava alla zona del garage, l’altro passava per archi di metallo un tempo bianchi. Questi erano infestati da arbusti ventennali divenuti veri e propri alberi, i cui tronchi contorti si intrecciavano con il metallo arrugginito in un abbraccio stretto e forzato.

Di fronte alla porta d’ingreso c’era una scalinata con, ai lati, due statue di putti con una cesta sopra la testa. Assieme a un paio di nani e vasi di pietra, le decorazioni avevano lo stesso fascino nostalgico degli alberi tagliati vicino alla recinzione del terreno: erano rotti, frammentati e abbandonati, ma si sentiva dentro e attorno di loro la vita che avevano avuto un tempo, l’attenzione con cui erano stati bagnati per anni prima dell’abbandono e la certezza che il loro posto era esattamente quello in cui si trovavano.

Appena arrivammo alla porta di casa, un uscio di metallo vecchio, ma ancora resistente nonostante gli evidenti segni del tempo, uno dei nostri accompagnatori ci fece strada iniziando a descrivere la casa.

Al di là della porta il mondo cambiò radicalmente. Il brillore opaco del giardino e dell’esterno, quello che ricordava la luce gloriosa di un passato affascinante offuscata dall’abbandono, lasciava il passo a una pesante coltre di desolazione sofferta. Le ombre di decenni di incuria sussurravano storie di una casa assetata e impoverita. Era quasi completamente vuota, ma i pochi vecchissimi mobili impolverati e divorati dal tempo testimoniavano un timido tentativo di darle una forma accogliente o per lo meno di ospitare per qualche ora le persone che la tenevano. Tuttavia, per quanto le finestre rotte, le umidità, i pipistrelli che dormivano a testa in giù nei vecchi bagni avrebbero dare cattive sensazioni, sentivo che la vibrazione che proveniva dalla casa non diveniva mai cupa come quando avevamo visitato altre case abbandonate. Al di sotto di quel freddo ambiente inaridito dalla mancanza di affetto c’era un desiderio di vivere e splendere come un tempo.

“Questa casa è rimasta abbandonata per molti anni…” ci raccontava Francisco mentre ci mostrava il piano terra camminando su un pavimento di piastrelle vecchie che si sollevavano in più punti creando piccoli promontori. “Un tempo era la villa più bella del paese, la chiamavano ‘Il Chalet’ e anche oggi lo sarebbe se si rimettesse a posto”.

Lo diceva con un misto di orgoglio e tristezza nella voce. Tuttavia, non so se era una mia sensazione o una sfumatura che colsi in quel momento, c’era un chè di speranza nel suo tono. Era come se quell’incontro apparentemente ripetuto con decine di interessati (a causa della pandemia erano quasi tre anni che la casa era in vendita) fosse in qualche modo destinato a chiudere la ricerca della sua famiglia e della nostra e che lui in qualche modo lo sapesse.

Mentre ci aggiravamo per il piano terra, che sostanzialmente era il garage e un magazzino con una stanzetta oscura senza apparente uso logico, ci spiegava che la casa era vissuta al primo piano, e che lì sotto solo si stava per le feste, come se fosse la cantina di una casa americana. Dopo il primo proprietario che l’aveva costruita e vissuta, loro l’avevano presa, ma non avevano mai avuto l’occasione di ristrutturarla, per cui per anni solo la usavano per la piscina e poco più. In casa non viveva nessuno da tempo e il giardino era l’unica cosa che manteneva il suo attrattivo.

Con il passare del tempo gli alberi avevano invaso le tuberie con le radici e dopo lunghi inverni e piogge che avevano intriso le mura di umidità, tutti i sistemi elettrici erano marciti. Le uniche cose che rimanevano stabili erano le mura fuori e il tetto. Le mura erano di pietra come si costruiva una volta e procuravano un isolamento termico naturale che rimaneva invariato. Il tetto invece era stato rimesso a posto da loro per poterla mettere in vendita.

Il resto era totalmente da rifare. Neanche il suolo poteva essere mantenuto e questo rendeva tutta l’operazione ben al di là di quello che potevamo permetterci, anche se l’agente immobiliario ci dava cifre molto ottimistiche per la ristrutturazione cercando di coprire un po’ lo stato davvero misero della casa.

Francisco invece aveva una posizione molto più franca. Non indorava la pillola e ci dava tutte le informazioni di quello che andava e quello che no, mostrando una trasparenza che apprezzavamo molto. “Alla fine queste cose poi emergono sempre…” diceva onesto “… per cui io preferisco non illudervi che mettere a posto questa casa richiede lavoro, però se vi piace è una casa davvero speciale…”.

La vista dalla terrazza del primo piano era semplicemente splendida. Sì, tutto era distrutto e il giardino aveva bisogno di molto affetto, anche se fortunatamente era stato mantenuto il meglio possibile, tuttavia stare lì sopra ci faceva sentire nel posto giusto. Era come nei film quando vedi i terreni dall’alto del castello e ti sentivi “proprietario” nell’antico e più reale modo possibile: terra. Anche se ovviamente non si trattava di ampi campi e colline, ma di un giardino grande, la sensazione che dava era comunque molto piacevole.

Sempre al primo piano c’era un enorme salotto con camino, il secondo camino della casa per essere esatti perchè ce n’era un altro al piano inferiore. Peter e io ne volevamo uno sì o sì, ma averne due era un sogno proibito. Accanto al salotto c’era la cucina con un accesso indipendente. Difatti quello era la vera entrata principale della casa e da lì una terrazza portava a due cammini semicircolari che passavano ai lati della casa. Erano di cemento, vecchi e pieni di buchi: uno riportava all’ingresso sfiorando un filare di pini, l’altro portava alla piscina passando per il giardino.

Lì fu il momento in cui la magia di quella vegetazione collinare, delle grandi pietre naturali sparse per il terreno e della profonda conoscenza teorica, ma soprattutto pratica di giardineria di Francisco che ci raccontava ogni pianta che cresceva lì, ci fece riprendere dal raffreddamento animico provocato dallo scoprire le viscere della casa così malridotte. Le foto dell’annuncio infatti (riportate qui) erano sufficientemente realiste, ma al tempo stesso non danno l’idea di quanto male stavano le cose. Era decisamente peggio di quanto si prospettava…

Tuttavia la zona della piscina ci riportò qualche speranza. La costruzione era regolarizzata, ma soprattutto era alimentata da un pozzo privato, anche quello in regola, cosa che rendeva tutto molto più naturale ed economico, in quanto tagliava almeno una parte delle spese previste nel nostro budget.

La cosa che più ci stupì invece fu il gallinero, una costruzione a malapena definibile come tale che ospitava agli inizi cavalli, galline, muli e colombe. Era poco più di un parallelepipedo di mattoni con varchi al posto di porte e finestre, eppure aveva due piani, bassi, ma accettabili, e una scala di metallo arruginita, ma ancora solida, che passava da fuori.

Era oggettivamente un ostacolo e un ingombro inutile… comprare una casa e trovarsi quel luogo sporchissimo e mezzo costruito in giardino era oggettivamente privo di senso. Dalla piscina si vedeva e sembrava una casa occupata. Dall’altro lato anche solo demolirlo costava moltissimo e rappresentava un vero e proprio limite a qualunque previsione di acquisto.

Juan e Francisco terminarono il giro e rimasero a disposizione. Quando stavamo finendo il tour aveva iniziato a grandinare pesantemente e ci eravamo riparati sotto la terrazza del primo piano a guardare il paesaggio invernale sotto la precipitazione ghiacciata. Fu suggestivo e al tempo stesso una chiusura naturale dell’incontro. Quando smise di grandinare ci salutammo con cordialità e senza troppi indugi: già che era tutto chiaramente splendido e terribile al tempo stesso. Apprezzammo però che ci offrissero la possibilità di tornare con un esperto di costruzione per valutare la ristrutturazione, ci sembrava una buona idea e dava la sensazione che non avessero né fretta, né volessero vendere a tutti i costi a qualcuno che non avrebbe potuto poi rimettere in sesto la casa.

Quando ci lasciammo, Peter ed io prendemmo la macchina in silenzio e ci spostammo al paese, che era a meno di un minuto di distanza. Volevamo vederlo e magari prenderci un caffè per pensare. Il fatto che la casa fosse giusto di fianco al paesino, ma non dentro era perfetto per me, per vedere le stelle di notte, per Peter, per poter raggiungere a piedi il centro.

Ci guardammo per un istante. Non potevamo neanche parlare per il nodo di emozioni che gorgogliavano caotiche nella nostra testa, ma entrambi ormai ci conosciamo abbastanza da capirci con uno sguardo.

Perchè diavolo eravamo andati a vedere una casa di 300mq con 5000mq di giardino quando 90mq erano troppi e volevamo (o potevamo permetterci) un giardinetto con poco più di una pozza d’acqua? Quale malsano desiderio di autodistruzione e o perverso (ma almeno più sano) masochismo ci aveva preso? Dopo l’altra terribile casa-che-in-collina-non-stava che ci aveva abbattuti poco prima, quella villa era un sogno e al tempo stesso la promessa di un incubo. Cosa volevamo davvero e perchè se lo avevamo evitato fino a quel momento eravamo andati a vedere qualcosa che stava giusto appena appena al di là di quanto potevamo permetterci?

Non lo sapevamo e ciò ci lasciava perplessi. Eppure una cosa era certa: volenti o nolenti, qualcosa era cambiato dentro di noi e la Villa El Paraìso aveva già iniziato a scavare un piccolo posto nel nostro cuore…

(Continua…)



At the doors of Paraíso


“It was as we were being pampered by the future spring warmth that we saw it… an eagle soaring across the sky in all her glory. Its real and majestic presence instilled awe and respect in the animals of the land it was hunting, but in me it awakened a feeling of expansion and freedom”.

The heart is said to lose a beat when something out of the ordinary interrupts that smooth flow of internal and external stimuli that constitutes our sensory world. Yet few people know where that beat goes. It is my firm opinion that that slight rhythmic contraction that is not produced in our heart ends up in an invisible place where desire, conscious or unconscious, and its fulfillment live together. That beat becomes the meeting point between that world and our own, an animic sacrifice of realization, of human alchemical transubstantiation.

When we parked the car on the nearly pulverized concrete of the plaza in front of the entrance, Peter and I knew something had begun. It was an instinct, a feeling of flowing with events, but when we saw the tattered and rusted wrought-iron gate, still impressive and shining with a joyous past though, we knew that that heartbeat that escaped our hearts was leading us to a place out of the ordinary.

The garden we had seen from the road was protected by a solid wire fence with barbed wire. The mangled bodies of ancient, ivy-covered wooden protectors communicated nostalgia and abandonment to us, but at the same time they echoed a past where nature had dominated the borders of that land, protecting and adorning it at the same time with mighty branches and lush foliage.

On the other side, an amazing variety of perennial or nearly perennial trees and plants (December is hardly winter now, but seeing so much foliage continues to amaze anyone) adorned an immense wild garden that sloped gently down the hillside, leaning delicately against the main road.

Although we would soon explore those vast grounds full of evocative secret nooks and crannies, I cannot deny that the thing we most marveled at was the stupendous mansion that popped up in the center. It was majestic, imposing and elegant. The natural cut stones that made up its earth-toned walls, the stunning first-floor terrace that opened to immense windows, and that central round something just below the roof, which we didn’t know what it was, but it seemed to open to a magical and mysterious place like those in children’s wizard tales.

Waiting at the gates of Villa El Paraiso was Juan, a plump and placid real estate agent with a youthful yet reserved face. The expression wrinkles showed a transparent person, accustomed to smiling, but also forged by years of working in real estate. So we knew from the outset that he would not use the heavy-handed tricks of some of today’s salespeople such as psychological pressure, total closure to any negotiation, and the self-righteousness of a fiery and ruthless market that allows anything to be sold at any price (even if it is not then true). When we shook hands, we knew that we could expect, if anything, some somewhat dated sales gimmicks from the old pre-digital world, but that we will generally have had a somewhat honest negotiator. This was quite encouraging, given that we could not really afford that house and that without some wiggle room, we would just be wasting our time.

Next to him was Francisco (all names in VEP are clearly made up, but refer to real people), who represented the owner. He was a tall, stocky man with a strong yet gentle presence. He seemed at first glance to be centered, experienced and grounded, but with a poetic streak hidden by his towering appearance. He was friendly with us, and we were pleased to be dealing not only with the real estate agent but also with a representative of the owner, although it really eluded us why he was there.

What was clear, however, or at least made evident by the facts, was that there was something different about that house.

As the two of them opened, not very easily, the old gate that almost came undone in their hands, we began to climb up through the main entrance. To get to the front door there were two small streets that embraced a small garden surrounded by stones similar to those of the house walls. One side led to the garage area, the other passed through once-white metal arches. These were infested with 20-year-old shrubs that had become real trees, whose twisted trunks intertwined with rusted metal in a tight, forced embrace.

In front of the entrance door there was a staircase with, on either side, two statues of cherubs with a basket over their heads. Along with a couple of dwarfs and stone vases, the decorations had the same nostalgic charm as the trees cut near the fence of the grounds: they were broken, fragmented, and abandoned, but you could feel in and around them the life they had once had, the care with which they had been bathed for years before abandonment, and the certainty that they belonged exactly where they did.

As we arrived at the front door, an old metal doorway still strong despite the obvious signs of time, one of our guides led the way as he began to describe the house.

Beyond the door the world changed dramatically. The dull glow of the garden and exterior, the one that recalled the glorious light of a fascinating past dimmed by neglect, gave way to a heavy blanket of suffering desolation. The shadows of decades of neglect whispered stories of a thirsty and impoverished house. It was almost completely empty, but the few very old, dusty, time-eaten pieces of furniture were evidence of a timid attempt to give it a welcoming shape or at least to shelter the people who kept it for a few hours. However, as much as the broken windows, the dampness, and the bats sleeping upside down in the old bathrooms would have given bad vibes, I felt that the vibe coming from the house never became as gloomy as when we had visited other abandoned houses. Beneath that cold environment parched by lack of affection there was a desire to live and shine as it once did.

“This house has been abandoned for many years…,” Francisco told us as he showed us around the ground floor walking on a old tiles that rose in several places creating small promontories. ” It used to be the most beautiful villa in town, they used to call it ‘El Chalet,’ and even today it would be the same if it had been put back together.”

He said this with a mixture of pride and sadness in his voice. However, I don’t know if it was a feeling I had or a nuance I picked up at that moment, there was a something hopeful in his tone. It was as if that seemingly repeated meeting with dozens of interested parties (because of the pandemic, it had been almost three years since the house had been for sale) was somehow meant to close the search for his family and ours, and that he somehow knew it.

As we wandered around the ground floor, which was basically the garage and a storage room with an obscure little room with no apparent logical use, he explained that the house was lived in on the second floor, and that down there alone was for parties, as if it were the basement of an American house. After the first owner had built the house and lived in it, they had bought it, but they had never had a chance to renovate it, so for years they only used it for the pool and little more. No one had lived in the house for a long time, and the garden was the only thing that kept its attractiveness.

Over time, trees had invaded the pipes with their roots, and after long winters and rains that soaked the walls with moisture, all the electrical systems had rotted away. The only things that remained stable were the walls outside and the roof. The walls were made of stone as they used to be built with and provided natural thermal insulation that remained unchanged. The roof, on the other hand, had been refitted by them in order to put it up for sale.

The rest was useless and need a complete refurbishment. Even the floor was unusable and that made the whole operation well beyond what we could afford, even though the real estate agent was giving us very optimistic numbers for the renovation, trying to cover how really miserable state of the house.

Francisco, on the other hand, had a much more frank stance. He didn’t sugarcoat it and gave us all the information of what was ok and what was not, showing a transparency that we really appreciated. “Eventually these things then always come out…” he said honestly “… so I prefer not to deceive you that fixing up this house requires work, however, if you like it, it is a very special house…”

The view from the terrace on the second floor was simply beautiful. Yes, everything was destroyed and the garden needed a lot of love, even if, fortunately, it had been maintained as best as possible, however being up there made us feel we were in the right place. It was like in the movies when you see the fields from the top of the castle and you felt “ownership” in the ancient and most real way possible: land. Even if it was obviously not vast fields and hills, but only a large garden, the feeling it gave was still very pleasant.

On the second floor there was a huge living room with a fireplace, the second fireplace in the house to be exact because there was another one downstairs. Peter and I wanted one, but having two was a dream come true. Next to the living room there was the kitchen with a separate entrance for the house. In fact that was the real main entrance, and from there a terrace led to two semicircular walkways that ran along the sides of the house. They were made of concrete. It was old and full of holes: one side led back to the entrance grazing a row of pine trees, the other led to the pool via the garden.

That was the moment when the magic of that hillside vegetation, the large natural stones scattered around the property, and Francisco’s profound theoretical but especially practical knowledge of gardening as he told us about every plant growing there, helped us recover from the soul-cooling feeling caused by discovering that the interior of the house was so battered. The photos in the ad in fact (shown here) were realistic enough, but at the same time do not give the idea of how bad things were. It was definitely worse than it looked….

However, the pool area brought back some hope. The construction was legalized, but more importantly, it was being supplied by a private well, which was also up to code, which made everything much more natural and economical, as it cut at least some of the expenses anticipated in our budget.

What caught the eye from that spot, by contrast, was the henhouse, a building barely definable as such that housed horses, chickens, mules and doves in the very beginning. It was little more than a brick block with openings instead of doors and windows, yet it had two floors, with low roof, but acceptable, and a rusty, but still solid, metal staircase running from outside.

It was objectively an unnecessary setback and encumbrance… You can’t buy a house and find that dirty, half-built place in the backyard. It was objectively meaningless. From the pool you could see and it looked like a squat house. On the other hand, even just demolishing would have been costing a lot of money and was a true limitation to any wish we have to buy the property.

Juan and Francisco finished the tour and remained on standby. By the time we were finishing the tour it had begun to hail heavily and we had taken shelter under the first floor terrace watching the winter landscape under the icy precipitation. It was both suggestive and a natural closing of the meeting. When it was over, we greeted each other cordially and without much ado, since everything was both wonderful and terrible at the same time. We appreciated, however, that they offered us the opportunity to come back with a construction expert to evaluate the renovation; it seemed like a good idea and it gave the feeling that they were neither in a hurry nor did they want to sell at all costs to someone who could not then put the house back together.

When we parted, Peter and I quietly took the car and drove to the town, which was less than a minute away. We wanted to see it and maybe have a coffee to think about it. The fact that the house was right next to the village but not inside was perfect for me to see the stars at night and for Peter to be able to walk to the center.

We looked at each other for a moment. We couldn’t even talk because of the knot of emotions bubbling chaotically in our heads, but we both knew each other well enough by now to understand each other with a look.

Why the hell had we gone to look at a 300sqm house with 5000sqm of garden when the original 90sqm we had in mind was already too much and we wanted (or could afford) a small garden with little more than a puddle of water? What unhealthy desire for self-destruction or perverse (but at least healthier) masochism had gotten hold of us? After the other terrible house-that-wasnt-in-the-hill that had brought us down shortly before, that mansion was both a dream and the promise of a nightmare. What did we really want and why, if we were avoiding it up to that point, had we gone to see something that was just beyond what we could afford?

We did not know and that puzzled us. Yet one thing was certain: willingly or unwillingly, something had changed within us, and Villa El Paraìso had already begun to carve a little place in our hearts…

(To be Continued…)



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Dr. Luca Povoleri De Las Heras
LIFE ADVENTURER
Psychologist |  Producer |  Author
www.lucapovoleri.com
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Therapy, Coaching, Productions –> luca@lucapovoleri.com
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Pubblicazioni:
“Super-viv(i)ente Super-Living 2 [No] War”,LucaPovoleri.com, Madrid, 2022.
Super-Living“, LucaPovoleri.com, Madrid, 2021. (Worldwide Amazon english translation of “Super-viv(i)ente”)
Super-Viv(i)ente“, Gruppo Albatros, Roma 2020. (Libreria: Italia, España, UK)
Kratimus: Il Seme di Luce, LucaPovoleri.com, Milano, 2018. (Seconda edizione. Non disponibile)
Kratimus: La chiave dei Sette Cieli”, LucaPovoleri.com, Milano, 2017. (Seconda edizione. Non disponibile)
“Kratimus: Il Passo delle Stelle”, LucaPovoleri.com, Milano, 2015. (Terza edizione)
“La Creatividad en tu empresa. Como fluir en ti mismo y alcanzar tus objetivos empresariales.”, Embajada de Marca, Albacete 2016
“Il telefono cellulare: tra tecnofilia e dipendenza” Sarno-Prunas-Povoleri, “Psicotech” 2 (IV), 2006, Editorial Franco Angeli

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