[VEP] 0102 – El Vuelo del Aguila ðŸ‡ªðŸ‡¸+🇮🇹+🇺🇸

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El Vuelo del Águila


“Fue mientras nos dejábamos mimar por el futuro calor primaveral cuando la vimos… un águila surcando el cielo en todo su esplendor. Su presencia real y majestuosa infundía miedo y respeto a los animales de la tierra que cazaba, pero en mí despertaba un sentimiento de expansión”.

Cuando vine a España, tenía dos objetivos a corto plazo: 1) aprender español a nivel de lengua materna, una ‘conditio sine qua non’ para un amante de la escritura 2) estudiar algo, porque un psicólogo todavía empapado en la leche de los cursos universitarios y los encargos profesionales no puede dejar de actualizarse. Por eso inicié un camino alternativo, en todos los sentidos, hacia esos mundos invisibles a caballo entre lo místico y lo metafórico que permiten experimentar el mundo de forma diferente. Este fue el comienzo de un gran cambio, sobre todo en nuestra perspectiva de vida, y representó el punto de inflexión de toda nuestra aventura inmobiliaria.

Tras muchos intentos de encontrar una casa de campo para Peter y para mí, nos encontramos con un periodo refractario, en el que el interés por las casas había pasado a ser secundario frente a otros temas. El Post Covid, el cambio de escenario terapéutico para mí, la dificultad de viajar para mantener el contacto con mi familia en Italia, hacer las entrevistas para Super-viv(i)ente y reabrir mi estudio Peter había empezado a trabajar pronto tras el primer cierre y, como todos los negocios, el estudio de fotografía en el que trabajaba le exigía estar especialmente ocupado en ese momento.

Buscar una casa fuera de la ciudad era para él una escapada mental en los escasos descansos que podía permitirse, mientras que para mí se había convertido en una tarea agotadora, casi ingrata. Sin embargo, el deseo de espacios abiertos y de expansión seguía siendo fuerte y la idea de poder retirarse a un pequeño paraíso natural nos atraía. Así que una tarde hablamos de ello y llegamos a la conclusión de que ampliaríamos nuestra área de búsqueda, pero sólo consideraríamos los listados que realmente nos inspiraran. Teníamos un presupuesto muy ajustado, hay que decirlo, pero la naturaleza nos llamaba a salir de la ciudad y queríamos responder.

Volviendo a coger las aplicaciones, empezamos a buscar con nuevas claves y en nuevas zonas, pero antes de ponernos a visitar nada, buscamos un contacto más serio con particulares o agencias: respuestas vagas, cosas extrañas, fotos poco claras, ya no las queríamos.

Un día apareció. Era una casa de 90 metros cuadrados con una parcela algo grande para nosotros, de unos 2000 metros cuadrados (buscábamos un pequeño jardín), una bonita piscina y un bonito muro que no nos importó, al estar la propiedad relativamente aislada. Tenía un aspecto impresionante… además, me daba la impresión de que estaba en lo alto de una colina… Me lo imaginaba remontando entre piedras y arbustos compartiendo el cielo con las golondrinas y las estrellas. Y todo ello casi dentro del presupuesto…

Llamamos y nos atendió un agente inmobiliario amable y servicial. Organizamos una visita un sábado por la mañana en diciembre y partimos hacia el futuro hogar de Luca y Peter.

Se encuentra en la provincia de Guadalajara y lo primero que notamos es que el trayecto, de poco más de una hora y cuarto, se hace agradable por un paisaje muy singular. Era pleno invierno, por lo que claramente la vegetación no era la fresca y verde de la primavera, pero colinas y campos de diversos colores corrían a lo largo de la carretera, recordando los paisajes de mi querida Toscana.

Estábamos asombrados y extasiados. ¿Esa era Guadalajara? A menos de una hora de Madrid había tal cambio de escenario que nos sorprendió hasta ese punto… Una de las cosas que me encantó inmediatamente de España cuando llegué en barco (sí… en barco con mi hermana para traer el coche desde Italia en 2012) fueron los paisajes que cambiaban a cada hora de viaje desde Barcelona a Madrid. Era como cambiar de país cada 100 km y me dejó sin aliento. Conocía la belleza de esta tierra, pero no habría imaginado sentir esa misma exaltación y maravilla tan cerca de nosotros.

Sin embargo, cuando nos acercamos a casa, el paisaje empezó a cambiar. El valle comenzó a estrecharse y las colinas casi se apoyaron en la carretera, desmoronándose lentamente en el asfalto. Los desprendimientos nos hicieron reducir la velocidad, mientras una nube fría se extendía por la línea de rayos del tímido sol de diciembre. Una sensación de pesado silencio se apoderó del coche, superando incluso las notas de la música que habíamos seleccionado para aligerar el viaje. Algo estaba mal…

Cuando llegamos al pueblo, nos paramos a un lado de la carretera para esperar al agente inmobiliario. Las cuatro casas perdidas que bordeaban la carretera se abrían a una pequeña plaza de unos diez metros de diámetro con una diminuta fuente en el centro que era el centro social del pueblo. Las ventanas cerradas y el viento helado nos obligaron a entrar en el coche. No había ni siquiera un bar en diez kilómetros a la redonda.

“Creo que la casa era la que vimos en la carretera”, me dijo Peter. Se refería a una extraña construcción pseudo-subterránea a menos de un kilómetro de distancia.

“Queva… no puede ser… si estaba en el valle…” protesté, incapaz de conciliar la casa imaginada en la cima de una colina con la extraña “cosa” que había visto abandonada en un campo de cultivo en medio de la nada.

“Esperar aquí en el frío o allí en el frío no cambia nada, así que mejor echar un vistazo antes de que llegue la inmobiliaria”, me propuso Peter con su ceño algo bruto, pero siempre decidido.

Di la vuelta al coche con pocas ganas. No quería volver atrás… no porque estuviera en desacuerdo con Peter, que tenía todas las razones del mundo para no quedarse quieto en el coche y no hacer nada, sino porque temía que volver atrás en ese momento rompiera el hechizo de fascinación que había tejido para mí. Si la primera casa que vimos tras el periodo de “no visita” era realmente lo que parecía, me habría derribado un poco.

Un minuto después, por desgracia, el hechizo se rompió.

La casa tenía unos bonitos muros blancos de delimitación, pero aún así se podía ver el interior porque si la carretera principal atravesaba un estrecho valle entre colinas, el campo sobre el que estaba construida la casa estaba casi dos metros más abajo.

“No puedo creerlo… tenías razón…”, me quejé un poco mortificado cuando el coche se detuvo frente a una puerta metálica. Era de buena calidad, pero con signos de oxidación y envejecimiento prematuro.

“Te dije que no estaba en una colina…”, respondió Peter con el edredón. No era sacarina aunque quisiera parecerlo y se podía oír un rastro de decepción en su voz.

Al salir del coche, el fuerte viento invernal arrancó cualquier chispa de calor. Nos levantamos las solapas y empezamos a rodear el muro de contención.

La casa se había construido en medio de un campo. Literalmente.
Lo cortó por la mitad, llegando en un extremo a la carretera principal, en el otro a un grupo de árboles cerca de un arroyo. La casa tenía un pozo, pero en realidad tomaba el agua de allí.
A un lado había un pequeño camino que se adentraba en las colinas, pero no tuvimos tiempo de explorar porque el ruido del coche del agente inmobiliario nos llamó de nuevo a la entrada.

La chica era simpática, pero tenía un fuerte resfriado, lo que, en los últimos tiempos post-cuarentenas, era un poco desconcertante. Sin embargo, llevaba una máscarilla y nos llevó por la casa con todos los detalles. Había sido una casa de vacaciones para fiestas, la piscina era realmente agradable, junto a una barbacoa de casi dos metros con una manivela y dos hermosos árboles que enmarcaban la entrada. El agua y la luz procedían del pozo y de las placas solares, pero las placas acababan de ser robadas, lo que no nos hacía especial ilusión. El estilo de la casa era “vaquero”. Todo era demasiado “heteronormativo”, se podía sentir la energía de “mujeres, caballos y champán” (un dicho italiano sobre la “buena vida”). No era lo mejor, pero la madera era buena y básicamente todo parecía indicar que se podía entrar sin gastar mucho en la renovación.

“Gracias por la visita Maica, lo pensaremos…”

Cuando nos despedimos de la chica retomamos nuestro camino mogólico, volviendo hacia Madrid. Había otra casa que teníamos que ver, pero aún no nos habían confirmado bien la hora, además se salía un poco del presupuesto que teníamos, así que estábamos indecisos.

“Tengo hambre…” le dije sobre las 11 a Peter, pensando que entre el frío y la paliza de la casa-que-no-está-encima-de-la-colina me merecía una tortilla de patatas y un café con leche.

“Justo delante hay una cafetería. Está en un cruce entre la carretera de Madrid y la de la otra casa. Si quieres nos detenemos allí un rato y esperamos a que nos llamen de la otra agencia…”, me contestó Peter pensativo.

Confirmado eso, finalmente salimos del frío valle y, por un giro del destino, las nubes comenzaron a abrirse un poco, calentando la carretera.

El pequeño bar era sólo un punto de paso para ciclistas y motociclistas. La tortilla estaba buena y caliente. Justo lo que necesitábamos en ese momento.

“Es perfecto para entrar ya… entra en nuestro presupuesto y la piscina no está mal…”, comentó Peter poco convencido mientras daba un sorbo a su café.

“Sí, pero bajo tierra, roban las placas solares, todo muy aislado… No sé…”, protesté desanimado. Peter estuvo de acuerdo, ambos sabíamos que no era la casa que queríamos, pero después de tanto tiempo buscando, quizás era el momento de dejar el mundo de los sueños y ser más “real”.

“¿Cancelo la próxima visita?”, preguntó entonces, mirándome con un realismo agriado por la reciente decepción.

“Bueno ya estamos aquí…” dije yo “Por lo menos la vemos…”.

Al terminar el café reanudamos nuestro camino. Sabíamos dónde estaba, y al estar cerca, aunque la inmobiliaria no nos respondiera, al menos podíamos verlo desde fuera. Sabíamos que estaba un poco fuera de nuestro alcance, así que dejaríamos que el destino decidiera mientras disfrutábamos de un día en el campo.

Pasada la bifurcación, el camino volvió a ser mejor, señal de que la otra zona debió de ser un poco desafortunada. El valle se abrió de nuevo e incluso salió algo de sol. Los campos volvieron a ser amplios y cuando llegamos a la última bifurcación antes del tramo final de la carretera, recibimos el mensaje de la inmobiliaria confirmando la visita.

Cuando el coche terminó la curva, la carretera había vuelto a su estado original. Al pie de las colinas había hileras de chopos desnudos, que prometían una primavera verde y vigorosa. Casi se podía oír ese viento cálido que agita el susurro del elevado follaje y el borboteo de los famosos riachuelos de la zona (las Vegas).

Fue mientras nos dejábamos mimar por el futuro calor primaveral cuando la vimos… un águila surcando el cielo en todo su esplendor. Su presencia real y majestuosa infundía miedo y respeto a los animales de la tierra que cazaba, pero en mí despertaba un sentimiento de expansión y libertad ligado a su valor simbólico en mi práctica como Chamán Sin Plumas.

A lo largo de muchos años ayudando a la gente a potenciar la espiritualidad consciente he tenido que aprender a utilizar mi filtro de “Pura Experiencia, Cero Creencias” para acercar los mundos invisibles y su inmenso poder incluso a las personas más racionales, sin embargo aquí y sólo aquí te aseguro que hay flujos y movimientos inequívocos en el éter. Cuando emprendes un camino espiritual serio, no el de los gurús o los que encuentras en las redes sociales con su falso amor universal o sus leyes místicas poco convincentes, descubres que hay lugares, personas y cosas que representan llamadas cósmicas inequívocas. Como super-viviente, llamo a esas llamadas “significados” y son tan obvias y reales que alguien tan completamente diferente a mí como Peter puede sentirlas también instintivamente.

Cuando aparecieron otras águilas en el cielo, sentí que algo nos llamaba, pero cuando vi una apoyada en una señal de tráfico, supe que era allí donde debíamos estar.

A unos cientos de metros vimos el perímetro verde y salvaje de un jardín que pronto conocería de cerca, y cuando en una desgastada pero aún encantadora puerta apareció esa “Villa El Paraíso”, mi corazón y el de Pedro dieron un vuelco al éxtasis de la magia que buscábamos.

Todavía no lo sabíamos, pero habíamos llegado a Casa.

(Continuará…)



Il Volo dell’Aquila


“Fu mentre ci lasciavamo coccolare dal futuro tepore primaverile che la vedemmo… un’aquila che solcava il cielo in tutta la sua gloria. La sua presenza reale e maestosa incuteva timore e rispetto agli animali della terra che stava cacciando, ma in me risvegliava una sensazione di espansione e libertà”.

Quando venni in Spagna, avevo due obiettivi a breve termine: 1) apprendere lo spagnolo a livello madrelingua, una “conditio sine qua non” per un amante della scrittura 2) Studiare qualcosa, perché uno psicologo ancora imbevuto nel latte di corsi universitari e ordini professionali non può smettere di aggiornarsi. Per questa ragione iniziai un cammino alternativo, in tutti i sensi, verso quei mondi invisibili a metà tra il mistico e il metaforico che permettono di vivere il mondo in modo diverso. Ciò fu l’inizio di un cambiamento importante soprattutto di prospettiva vitale e rappresentò il punto di svolta di tutta la nostra ricerca immobiliare.

Dopo molti tentativi di trovare una casa di campagna per me e Peter, ci trovammo di fronte a un periodo refrattario, dove l’interesse per le case era divenuto secondario rispetto ad altri temi. Il Post Covid, il cambio di setting terapeutico per me, la difficoltà di viaggiare per mantenere i contatti con la mia famiglia in Italia, fare le interviste per Super-viv(i)ente e riaprire il mio studio Peter aveva iniziato a lavorare presto, dopo il primo lockdown e, come tutte le aziende, anche lo studio fotografico in cui lavorava gli richiedeva particolare impegno in quel periodo.

Cercare casa fuori città per lui era una via di fuga mentale nelle rare pause che si poteva permettere, mentre per me era divenuto un compito faticoso, quasi ingrato. Tuttavia il desiderio di spazi aperti ed espansione rimaneva forte e l’idea di poterci ritirare in un piccolo paradiso naturale ci piaceva molto. Una sera quindi ne parlammo e raggiungemmo la conclusione che avremmo ampliato la zona di ricerca, ma che avremmo preso in considerazione solo annunci che ci ispirassero davvero. Avevamo un budget davvero un po’ risicato, dobbiamo dirlo, ma la natura ci chiamava fuori dalla città e noi volevamo rispondere.

Riprese in mano le app, iniziammo a cercare con nuove chiavi e in nuove zone, ma prima di lanciarci ad andare a visitare qualcosa, cercavamo un contatto più serio con privati o agenzie: risposte vaghe, cose strane, foto poco chiare non le volevamo più.

Un giorno apparve… Era una casa di 90mq con un terreno un po’ grande per noi, attorno ai 2000mq (noi cercavamo un giardinetto), una splendida piscina e un bel muro di cinta che non ci dispiaceva, essendo la proprietà relativamente isolata. Sembrava stupenda… inoltre mi dava l’impressione che fosse in alto, su una collina… la immaginavo svettare tra pietre e arbusti condividendo il cielo con le rondini e le stelle. E il tutto quasi in budget…

Chiamiamo e ci rispose una agente immobiliare simpatica e disponibile. Organizziamo una visita un sabato mattina di dicembre e ci lanciamo verso la futura casa di Luca e Peter.

Si trovava in provincia di Guadalajara e la prima cosa che notammo fu che il viaggio, poco più di un’ora e un quarto di durata, era reso ameno da un paesaggio davvero inusuale. Era pieno inverno, per cui chiaramente la vegetazione non era quella fresca e verde della primavera, ma colline e campi di vari colore si rincorrevano di fianco alla strada ricordando i paesaggi della mia amatissima Toscana.

Eravamo stupiti ed estasiati. Quella era Guadalajara? A meno di un’ora da Madrid c’era un cambio di paesaggio tale da lasciare stupiti fino a quel punto? Una delle cose che ho amato subito di Spagna quando arrivai in nave (sì… in nave con mia sorella per portare la macchina dall’Italia nel 2012) furono proprio i paesaggi che da Barcellona cambiavano ogni ora di viaggio fino a Madrid. Era come cambiare paese ogni 100km e mi lasciava senza fiato. La bellezza di questa terra la conoscevo, ma non avrei immaginato di provare quella stessa esaltazione e meraviglia tanto vicino a casa.

Quando arrivammo vicino alla casa, però, il paesaggio iniziò a cambiare. La valle iniziò a restringersi e le colline si appoggiavano quasi alla strada, sgretolandosi lentamente sull’asfalto. Pietruzze franate ci fecero rallentare, mentre una nube fredda si stendeva sulla linea dei raggi del timido sole dicembrino. Una sensazione di silenzio pesante si impadronì della macchina, superando perfino le note della musica che avevamo selezionato per alleggerire il viaggio. Qualcosa non andava…

Quando arrivammo al paesino ci fermammo a un lato della strada per aspettare la agente immobiliaria. Le quattro case sperdute che costeggiavano la strada si aprivano a una piazzetta di una decina di metri di diametro con una fontanella al centro che rappresentava il fulcro sociale del borgo. Le finestre chiuse e il vento gelido ci costrinsero in macchina. Non esisteva neanche un bar nel raggio di una decina di chilometri.

“Credo che la casa era quella che abbiamo visto per la strada…” mi dice Peter. Si riferiva a una strana costruzione pseudosotterranea a meno di un chilometro di distanza.

“Ma va… non può essere… se era in valle…” protestai io, incapace di conciliare la casa immaginata in vetta a una collina con quella strana “cosa” che avevo visto abbandonata su un campo coltivato in mezzo al nulla.

“Aspettare qui al freddo o lì al freddo non cambia nulla, tanto meglio dare un’occhiata prima che arrivi l’agente immobiliare.” mi propose Peter con il suo cipiglio un po’ bruto, ma sempre risolutivo.

Di malavoglia girai la macchina. Non volevo tornare indietro… non perchè fossi in disaccordo con Peter, il quale invece aveva tutte le ragioni del mondo per non stare fermi in macchina a fare nulla, ma perchè temevo che tornare indietro in quel momento rompesse quell’incantesimo di fascinazione che mi ero intessuto io da solo. Se la prima casa che vedevamo dopo il periodo di “non visite” era davvero quella che sembrava essere, mi avrebbe un po’ abbattuto.

Un minuto più tardi purtroppo, l’incantesimo si ruppe.

La casa aveva delle belle mura di cinta bianche, ma potevi vedere comunque all’interno perchè se la strada statale passava per una valle stretta tra colline, il campo su cui era edificata la casa era di quasi due metri ancora più in basso!

“Non ci posso credere… avevi ragione tu…” mi lamentai un po’ mortificato nel momento in cui la macchina si fermò di fronte a un portone di metallo. Era di buona qualità, ma con segni di ruggine e invecchiamento precoce.

“Ti avevo detto che non era su una collina…” rispose Peter indossando il piumino. Non era saccente anche se voleva sembrarlo e si poteva sentire una traccia di delusione nella sua voce.

Quando uscimmo dalla macchina il forte vento invernale ci strappò di dosso ogni scintilla di calore. Alzato il bavero, iniziamo a girare attorno al muro di cinta.

La casa era stata costruita nel mezzo di un campo. Letteralmente.
Lo tagliava a metà, raggiungendo a un lato la strada statale, dall’altro un gruppetto di alberi vicino a un fiumiciattolo. La casa aveva un pozzo, ma in realtà prendeva acqua giusto da lì.
Al lato c’era una stradina che portava in mezzo alle colline, ma non avevamo tempo di esplorare perchè il rumore della macchina dell’agente immobiliare ci richiamò all’ingresso.

La ragazza era simpatica, ma aveva un forte raffreddore, cosa che, in recente post-quarantena, lasciava un po’ interdetti. Tuttavia portava una mascherina e ci portò in giro per la casa con tutti i dettagli del caso. Era stata una casa di vacanze per feste, la piscina era veramente bella, al lato di un barbecue di quasi due metri con manovella e due bellissimi alberi che incorniciavano l’ingresso. Acqua e luce erano di pozzo e placche solari, ma le placche le avevano appena rubate, cosa che non ci esaltava particolarmente. Lo stile della casa era tipo “cowboy”. Era tutto un po’ troppo “eteronormativo”, si sentiva l’energia di “donne, cavalli e champagne” (un detto italiano che parla della “bella vita”). Non era il massimo, ma il legno era buono e in sostanza tutto sembrava far pensare che si potesse entrare senza spendere molto in ristrutturazione.

“Grazie per la visita Maica, ci penseremo…”

Quando salutammo la ragazza riprendemmo la strada mogi, tornando verso Madrid. C’era un’altra casa che dovevamo vedere, ma non ci avevano ancora confermato bene l’ora, inoltre era un po’ fuori dal budget che avevamo, per cui eravamo indecisi.

“Io ho fame…” dissi attorno alle 11 a Peter pensando che tra il freddo e la batosta della casa-che-in-collina-non-era mi meritavo una tortilla de patatas e un café con leche.

“Giusto più avanti c’è un bar. E’ in un bivio tra la strada per Madrid e quella dell’altra casa. Se ti va ci fermiamo un po’ lì e aspettiamo se ci chiamano dall’altra agenzia…” mi rispose Peter pensoso.

Conferma ottenuta, uscimmo finalmente dalla valle fredda e, per un gioco del destino, le nubi iniziarono ad aprirsi un poco, riscaldando la strada.

Il baretto era giusto un punto di passaggio per ciclisti e motociclisti. La tortilla era buona e calda. Giusto quello di cui avevamo bisogno in quel momento.

“E’ perfetta per entrare subito… è nel nostro budget e la piscina non è male…” commentava Peter poco convinto sorseggiando il suo caffè.

“Sì, ma sottoterra, rubano le placche solari, tutto molto isolato… non so…” protestai io sfondando una porta aperta. Peter era d’accordo, sapevamo entrambi che non era la casa che volevamo, ma dopo tanto tempo cercando, forse era il momento di abbandonare il mondo dei sogni e di essere più “reali”.

“Cancello la prossima visita?” mi chiese quindi guardandomi con un realismo inasprito dalla recente delusione.

“Beh ormai siamo qui…” dissi io “Almeno la vediamo…”.

Finito il caffè riprendemmo la strada. Sapevamo dov’era, ed essendo vicina, anche se l’agente immobiliario non ci rispondeva, avremmo potuto vederla almeno da fuori. Sapevamo che era un po’ fuori dalle nostre possibilità, per cui avremmo lasciato al destino decidere mentre noi ci godevamo una giornata tra i campi.

Passato il bivio, la strada tornò a migliorare, segno che l’altra zona doveva essere proprio un po’ sfortunata. La valle si riaprì e uscì perfino un po’ di sole. I campi tornarono ad essere ampi e quando arrivammo all’ultimo bivio prima del tratto finale in strada ci arrivò il messaggio dell’agente immobiliare confermando la visita.

Quando la macchina finì la curva, la strada era tornata molto simile a quella iniziale. Ai piedi delle colline c’erano filari di pioppi spogli che lasciano presagire una primavera verde e vigorosa. Si poteva quasi sentire quel vento tiepido che desta il frusciare di fronde svettanti a ridosseo dei famosi fiumiciattoli di zona (i vegas).

Fu mentre ci lasciavamo coccolare dal futuro tepore primaverile che la vedemmo… un’aquila che solcava il cielo in tutta la sua gloria. La sua presenza reale e maestosa incuteva timore e rispetto agli animali della terra che stava cacciando, ma in me risvegliava una sensazione di espansione e libertà legata al valore simbolico che aveva nella mia pratica di Featherless Shaman.

In tanti anni aiutando persone a potenziare la spiritualità consapevole ho dovuto apprendere a usare il mio filtro “Pura Esperienza, Zero Credenza” per avvicinare i mondi invisibili e il loro immenso potere anche alle persone più razionali, tuttavia qui e solo qui vi assicuro che esistono flussi e movimenti nell’etere inequivocabili. Quando intraprendi un camino spirituale serio, non quello dei guru o che trovi sulle reti sociali con il loro falso amore universale o leggi mistiche poco convincenti, scopri che esistono luoghi, persone e cose che sono richiami cosmici inequivocabili. Come Super-viv(i)ente chiamo quei richiami “significati” e sono cosí evidenti e reali che una persona completamente diversa da me come Peter sa sentirli istintivamente anche lui.

Quando nel cielo apparvero altre aquile, sentivo che qualcosa ci stava chiamando, ma quando vidi una appoggiata a un segnale stradale, capii che lì era dove dovevamo stare.

A poche centinaia di metri apparve il selvaggio perimetro verde di un giardino che presto avrei conosciuto da vicino e quando su un cancello logoro, ma ancora affascinante apparve quel “Villa El Paraíso”, il cuore mio e quello di Peter dedicarono un battito all’estasi di quella magia che stavamo cercando.

Non lo sapevamo ancora, ma eravamo arrivati a Casa.

(Da continuare…)



The Flight of the Eagle


“It was as we were being pampered by the future spring warmth that we saw it… an eagle soaring across the sky in all her glory. Its real and majestic presence instilled awe and respect in the animals of the land it was hunting, but in me it awakened a feeling of expansion and freedom”.

When I came to Spain, I had two short-term goals: 1) To learn Spanish at a native level, a “conditio sine qua non” for a lover of writing 2) To study something, because a psychologist still soaked in the milk of university courses and professional orders cannot stop updating. For this reason I began an alternative path, in every sense of the word, to those invisible worlds somewhere between the mystical and the metaphorical that allow people to experience the world differently. This was the beginning of an important change especially of vital perspective and represented the turning point of our whole real estate adventure.

After many attempts to find a country house for Peter and me, we were faced with a refractory period, where interest in houses had become secondary to other issues. Post Covid, the change of therapeutic setting for me, the difficulty of traveling to keep in touch with my family in Italy, doing the interviews for Super-viv(i)ente and reopening my practice. Peter had started working early after the first lockdown and, like all businesses, the photography studio where he worked required him to be particularly busy at that time.

Seeking a home outside the city for him was a mental escape in the rare breaks he could afford, while for me it had become a strenuous, almost thankless task. Nevertheless, the desire for open spaces and expansion remained strong, and the idea of being able to retreat to a small natural paradise was very appealing for us. So one evening we talked about it and reached the conclusion that we would expand the search area, but that we would only consider listings that really inspired us. We had a really tight budget, we must say, but nature was calling us out of the city and we wanted to respond.

Picking up the apps again, we started searching with new keys and in new areas, but before we were deciding to visit anything, we were looking for more serious contact with owners or agencies: vague answers, strange things, unclear photos… we didn’t want them anymore.

One day it appeared. It was a 90sq.m. house with a somewhat large plot for us, around 2000sq.m. (we were looking for a small garden…), a wonderful pool and a nice surrounding wall that we didn’t mind, the property being relatively isolated. It looked stunning… plus it gave me the impression that it was high up on a hill. I imagined it soaring among stones and shrubs sharing the sky with swallows and stars. And the whole thing almost in budget…

We call and a friendly and helpful real estate agent answered. We arranged a visit one Saturday morning in December and launched ourselves toward Luke and Peter’s future home.

It was located in the province of Guadalajara, and the first thing we noticed was that the drive, just over an hour and a quarter in duration, was really enjoyable thant to a very unusual landscape. It was the middle of winter, so clearly the vegetation was not the fresh, green vegetation of spring, but hills and fields of various colors chased each other along the side of the road, recalling the landscapes of my beloved Tuscany.

We were amazed and ecstatic. Was that Guadalajara? Was it possible that less than an hour from Madrid there was such a change of scenery that could amaze us to that extent? One of the things I loved immediately about Spain when I arrived by ship (yes…by ship with my sister to bring the car from Italy in 2012) was that the landscapes changes every hour of travel from Barcelona to Madrid. It was like changing countries every 100km and it left me breathless. I knew the beauty of this land, but I wouldn’t have imagined experiencing that same exaltation and wonder so close to home.

When we got close to the house, however, the landscape began to change. The valley began to narrow and the hills almost leaned against the road, slowly crumbling onto the asphalt. Landslide stones made us slow down as a cold cloud stretched across the ray line of the shy December sun. A feeling of heavy silence took over the car, overtaking even the notes of the music we had selected to lighten the journey. Something was wrong…

When we arrived at the small village, we stopped at one side of the road to wait for the real estate agent. The four lost houses that lined at the side of the road opened up to a small square about ten meters in diameter with a small fountain in the center that was the social hub of the town. Closed windows and an icy wind forced us into the car. There was not even a bar within a ten-mile radius.

“I think the house was the one we saw on the road,” Peter told me. He was referring to a strange pseudo-subterranean construction less than a kilometer away.

“No way… it can’t be…if it is on the floor of the valley…” I protested, unable to reconcile the imagined house on a hilltop with the strange “thing” I had seen abandoned on a farmland in the middle of nowhere.

“Waiting here in the cold or there in the cold doesn’t change a thing, so it’s much the better to take a look before the real estate agent arrives,” Peter proposed with his somewhat rough but always decisive frown.

Reluctantly I turned the car around. I didn’t want to turn back, not because I disagreed with Peter, who on the other hand had every reason in the world not to sit still in the car and do nothing, but because I feared that turning back at that moment would break that spell of fascination that I had woven for myself. If the first house we saw after the “no-visit” period was really what it seemed to be, it would bring me down a bit.

A minute later, unfortunately, the spell was broken.

The house had beautiful white boundary walls, but you could still see inside because if the highway went through a narrow valley between hills, the field on which the house was built was almost two meters even lower!

“I can’t believe it … you were right …” I complained a little mortified as the car stopped in front of a metal door. It was of good quality, but with signs of rust and premature aging.

“I told you it wasn’t on a hill,” Peter replied, wearing the down jacket. He was not as know-it-all as it should sound, even if he wanted to sound like it and you could hear a trace of disappointment in his voice.

As we got out of the car the strong winter wind ripped any spark of warmth from us. Turning up our lapels, we began to walk around the boundary wall.

The house had been built in the middle of a field. Literally.
It cut it in half, reaching at one end to the highway, at the other to a clump of trees near a small river. The house had a well, but it actually got water right from there.
To the side there was a small road leading into the hills, but we had no time to explore it because the noise of the realtor’s car called us back to the entrance.

The girl was nice, but she had a severe cold, which, in recent post-quarantine, was a bit disconcerting. However, she wore a mask and took us around the house with all the details of the case. It had been a vacation party house, the pool was really nice, beside a nearly six-foot barbecue with a crank and two beautiful trees framing the entrance. Water and light were from well and solar plates, but the plates had just been stolen, which we were not particularly thrilled about. The style of the house was cowboy-like. Everything was a little too “heteronormative,” you could feel the energy of “women, horses and champagne” (an Italian saying about the “good life”). It wasn’t the best, but the wood was good and basically everything seemed to suggest that you could get in without spending much on renovation.

“Thanks for the visit Maica, we will think about it…”

When we said goodbye to the girl we resumed our road, heading back toward Madrid. There was another house we had to see, but they hadn’t confirmed the time well yet, plus it was a bit out of the budget we had, so we were undecided.

“I’m hungry…” I said around 11 o’clock to Peter thinking that between the cold and the beating of the house-that-wasn’t-on-the-hil I deserved a tortilla de patatas and a café con leche.

“Just up ahead there is a café. It’s at a crossroads between the road to Madrid and the road to the other house. If you’d like we’ll stop there for a while and wait if we get a call from the other agency,” Peter replied thoughtfully.

Confirmation obtained, we finally emerged from the cold valley and, by a twist of fate, the clouds began to open a little, warming the road.

The cafe was just a crossing point for cyclists and bikers. The tortilla was good and warm. Just what we needed at that moment.

“It’s perfect to get in right away…it’s in our budget and the pool is not bad…” commented Peter unconvinced while sipping his coffee.

“Yes, but it’s almost underground, they steal the solar plates, all very insulated…I don’t know…” I said back listing all the faults I could find. Peter agreed with me, we both knew it was not the house we wanted, but after so long looking, maybe it was time to leave the dream world and be more “real.”

“Shall I cancel the next visit?” he then asked, looking at me with a realism soured by recent disappointment.

“Well we are here now,” I said, “At least we get to see it….”

We finished our coffee and resumed our way. We knew where it was, and being it close to us, even if the real estate agent didn’t answer us, we could at least see it from the outside. We knew it was a bit out of our reach, so we would leave it to fate to decide while we enjoyed a day in the countryside.

Past the crossroads, the landscape improved again, a sign that the other area must have been just a little unlucky. The valley opened up again and even some sunshine came out. The fields became wide again, and when we reached the last crossroads, we got a message from the real estate agent confirming the visit.

By the time the car finished the turn, the road was back being beautiful as it had been in the beginning. At the foot of the hills there were rows of bare poplars hinting at a green and vigorous spring. You could almost feel that warm wind that arouses the rustling of towering foliage near the famous little rivers of the area (the Vegas).

It was as we were being pampered by the future spring warmth that we saw it… an eagle soaring across the sky in all her glory. Its real and majestic presence instilled awe and respect in the animals of the land it was hunting, but in me it awakened a feeling of expansion and freedom related to the symbolic value it held in my Featherless Shaman practice.

Over many years helping people to empower aware spirituality I have had to learn to use my “Pure Experience, Zero Belief” filter to bring the invisible worlds and their immense power closer to even the most rational people, yet here and only here I assure you that there are unequivocal flows and movements in the ether. When you embark on a serious spiritual path, not that of the gurus or that you find on social networks with their false universal love or unconvincing mystical laws, you discover that there are places, people and things that are unmistakable cosmic callings. As a Super-living I call those calls “meanings,” and they are so obvious and real that someone completely different from me like Peter can instinctively feel them too.

When more eagles appeared in the sky, I felt that something was calling us, but when I saw one perched on a road sign, I knew that we were where we were supposed to be.

A few hundred yards away when we saw the wild green perimeter of a garden that I would soon get to know up close, and when on a worn but still charming gate appeared that “Villa El Paraíso,” mine and Peter’s hearts devoted a beat to the ecstasy of the magic we were seeking.

We didn’t know it yet, but we had arrived at Home.

(To be continued…)

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Dr. Luca Povoleri De Las Heras
LIFE ADVENTURER
Psychologist |  Producer |  Author
www.lucapovoleri.com
fb: drlucapovoleri
ig: lucapovoleri
+34 664 35 40 95
Therapy, Coaching, Productions –> luca@lucapovoleri.com
Projects–>  info@lucapovoleri.com

Pubblicazioni:
“Super-viv(i)ente Super-Living 2 [No] War”,LucaPovoleri.com, Madrid, 2022.
Super-Living“, LucaPovoleri.com, Madrid, 2021. (Worldwide Amazon english translation of “Super-viv(i)ente”)
Super-Viv(i)ente“, Gruppo Albatros, Roma 2020. (Libreria: Italia, España, UK)
Kratimus: Il Seme di Luce, LucaPovoleri.com, Milano, 2018. (Seconda edizione. Non disponibile)
Kratimus: La chiave dei Sette Cieli”, LucaPovoleri.com, Milano, 2017. (Seconda edizione. Non disponibile)
“Kratimus: Il Passo delle Stelle”, LucaPovoleri.com, Milano, 2015. (Terza edizione)
“La Creatividad en tu empresa. Como fluir en ti mismo y alcanzar tus objetivos empresariales.”, Embajada de Marca, Albacete 2016
“Il telefono cellulare: tra tecnofilia e dipendenza” Sarno-Prunas-Povoleri, “Psicotech” 2 (IV), 2006, Editorial Franco Angeli

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